miércoles, 29 de mayo de 2013

Libro: El día que la Muerte murió


El día que la Muerte murió

La rabia

     Le dije muchas veces a mi María que si había algo que me gustaba era el zumbido del viento entre los árboles altos, ese ruidito que como un canto melancólico trae recuerdos sin memoria, recuerdos de todo y de nada. Además, también le decía que cuando me extrañara saliera al campo, ése que los dos juntos visitábamos tan seguido, y se sentara bajo un árbol. Allí escucharía, tal vez, una paloma zurear esa cantilena tan triste como el arrullo de la muerte, amarga como la muerte del presente para que viva el futuro que es eterno.
     Pensaba, pues, que moriría primero yo; eso era lo justo. Yo debí haber muerto primero. Ella, qué decir, de vida sana. Yo, si bien no era un vicioso, en toda la extensión de la palabra, era al menos un hombre que no se negaba un gusto. La vida es corta y por el gusto vale la pena acortarla un tanto más, me decía a mí y a todo cuanto cuestionaba mi forma de vivir. Un buen trago no se le niega al cuerpo, ése era mi dicho preferido.
     María en cambio me cuidaba y se cuidaba a sí misma para estar juntos más tiempo, eso decía. Pero la ironía de la vida no podía faltar; ella murió primero. Murió de una enfermedad de animales, hecha para animales y asesina de animales; y la mató a ella. No somos más que animales al fin de cuentas. Ella de cuerpo tan bello y rostro angelical; pensaría uno: ésta no se puede morir, no puede podrirse como se pudre un perro tirado en algún llano, en un monte. ¡No, ésta no se muere! Uno, hombre, tosco, nada delicado, a veces como un animal de carga, sí espera apestar a rata muerta; pero ella, mujer, bella, radiante, delicada, un ángel; ¡cómo pudiera ser alimento de gusano! Pero sí, murió irremediablemente. Y yo no quise que la enterraran rápido, pasaron tres días antes del sepelio. Y sí, hedía igual al animal tirado al lado del camino. ¡Sí, era humana; no era un ángel, no era más que un animal que piensa! Y me di cuenta que estaba enamorado, no de aquel podrido pedazo de carne y hueso, estaba enamorado de su pensar; de la forma en que su pensar movía su cuerpo, su boca, sus ojos, su cintura, todo de ella. Pero eso ya no estaba, y por eso después del tercer día supe que a la que amé se había ido ya, y que sólo ahora vivía en mi memoria. Ese pedazo de carne hediendo ya no era mi María, aunque mi corazón se empeñaba en pensar que sí era ella; y por eso el tercer día la llevé a enterrar.
     Cuando le cubría la tierra en aquella oscura fosa escuché el viento zumbar, y alguna paloma cantaba su tristeza, o su alegría que tal vez a mí me parecía tristeza. Ahí pensé: María, soy yo el que te recuerda con el ruidito del viento chocando contra los árboles, soy yo el que iré al campo y me sentaré bajo un árbol a escuchar la paloma cantar mi pena. Soy  yo, quizá, el que debiera estar en ese oscuro agujero; pero no, era ella. Entonces recordé que la vida es juguetona y se burla un poco de nosotros, quien busca no encuentra; ella buscaba con ansias la vida, y ésa que nos espera a todos, la muerte, se puso de acuerdo con la vida y le pararon el corazón; yo tal vez fui el medio, pero nada más. A mí, ni la una ni la otra, ni la muerte ni la vida, me llaman demasiado. Que me deje la una cuando quiera, la vida; y que me acoja la otra cuando le plazca, la muerte.
     Yo seguí mi vida. Se había muerto mi María, pero mi corazón aún latía y mi garganta todavía sentía sed. ¡Ah qué parrandas aquéllas después de enterrarla! Días y noches metido en la cantina emponzoñando mi cerebro, mi estómago y mi corazón con cualquier trago que mareara, que me hiciera dormir en aquellas noches sin ella, esas noches en que la cama se sentía enorme y aún tenía su olor. Había quedado un olorcito a podrido por los tres días que tuve su cuerpo sin vida en el cuarto; pero aun ese hedorcito me era grato de alguna forma, era algo suyo, lo último que me dejó.
     Allá por los quince días de su entierro dejé de ir a las cantinas por un tiempo. Tenía que seguir trabajando para comer, aunque por momentos pensaba que hubiera sido mejor no comer para dejar de extrañarla, pero siendo sincero me dio miedo morir de hambre, fui a trabajar para comprar comida, y descansé un poco de las cantinas, las botellas de vino y cerveza, y de la tristeza. Aunque todo eso volvía de vez en cuando, pero ya no tan seguido.

     Me di cuenta que su ausencia ya no me dolía tanto una tarde que fui al monte y escuché el silbido del viento que golpeaba de lleno en los árboles altos. Tampoco me parecieron tristes los arrullos de las palomas. Ahora ese canto me parecía más bien un murmullo nostálgico, pero no un arrullo de la muerte. Me convencí aun más de que la tristeza ya me estaba dejando descansar cuando miré aquellas muchachas en la plaza. No me estaría mal una mujercita de ésas, pensé. Además comencé de nuevo a ir a las cantinas, pero ya no sollozaba sobre la mesa como cuando recién murió mi María, más bien ahora berreaba cuanta canción tocaban los músicos o la sinfonola, y me alegraba sentir dolor por el cual compadecerme a mí mismo y de tener un buen pretexto para tomarme unos tragos; así ya no era tomar por tomar.
     Cuando le dio la rabia a mi María no era la misma de siempre. Ésa es una enfermedad de animales. Bien me habían dicho que esos murcielaguitos que se arrastraban por el suelo sin poder volar, tropezándose como locos, eran bien contagiosos. Ella nomás baboseaba esa saliva blanquecina como burbuja de jabón y se revolcaba la pobre como endemoniada. Le hubiera querido evitar esa pena; tan bonita que era. Pero en el suelo revolcándose ya no era la misma, la María de cuando nos conocimos; la de los últimos años tal vez sí; en los últimos años siempre anduvo bien rabiosa y sin mordida de murciélago ni nada, sólo andaba con el ceño fruncido todo el día, y cuando  llegaba yo con algunos traguitos, unos nomás, en la panza, se ponía peor que el día que sí le dio la rabia. Cinco días arrastrándose por todas partes, ¡pobre de mi María!
     Sí, me cuidaba; me quería tal vez a su manera pero me quería, eso que ni qué; por eso a veces pienso que yo debí haberme tragado la saliva del murciélago. Pero cuando me meto a la cantina ya no siento aquello que me tortura. La extraño, a veces tomo pensando en ella, en el viento que choca con los árboles. Pienso también en las palomas y de vez en cuando en el murciélago que me encontré arrastrándose por allá en el monte.
     Esos murciélagos que se arrastran por el suelo –dijo mi compadre Orlando en la cantina–, están rabiosos o se dieron un trancazo, o las dos cosas; les da por volar como locos con la rabia y se estrellan. Y bien que tenía razón el compadre, bien rabioso que estaba el animal al que le saqué la saliva para emponzoñar a mi mujer. Todos contaron que un animalito de esos la mordió, con todo y que nunca le vieron la mordida, ¡pues qué mordida, si la rabia estaba untada en la manzana que le llevé! Yo me encerré tres días con mi mujer ya muerta. Pensé que estaba dormida.
     Me entró una locura de ésas que les entra a los que les duele mucho algo, pero después recordé que la María a la que realmente había amado, no murió algunos días atrás, sino mucho antes. Por eso la llevé a enterrar. Nadie la revisó si tenía mordida; ya olía mal y a nadie le gustó eso, pensaron que mi pena me había enloquecido y que por eso la guardé en la casa ya muerta tres días. Y sí, enloquecí un tiempo. Pero luego me acordé de la cantina y de las muchachas que todos los días se juntan en la plaza y me volvió lo sano. Ahora sí que necesito una de ésas, pensé.
     Ahora pues, en un mes me caso con una de las muchachas de la plaza. Las mujeres se compadecen mucho de los enlutados; ya le dije a mi Lupita que me recordara con el silbido del viento soplando contra los árboles altos,  con el canto triste o alegre, según el que lo escucha, de las palomas. Espero que no le entre la rabia a ésta, mi Lupita, por mi costumbre de ir a las cantinas, como le entró a mi María; otra muertita de rabia, no me lo creerían dos veces. Y además esos murcielaguitos con todo y su saliva andan escasos por aquí, dizque se andan extinguiendo.


Un buen ladrón
     La casa estaba casi vacía. La excepción éramos la cama y yo recostado en ella. Había quizá algún bicho merodeando inútilmente por un trozo de alimento, pues ni eso encontraría aparte de mí y la cama. La luz moderaba su influencia, pues los vidrios de las ventanas estaban cubiertos de pintura negra. La poca luminosidad que se percibía, como un intruso, invasor nocturno, entraba por el espacio impertinente que la puerta dejaba entre su parte inferior y el piso.
     Una pena se aferraba a mi garganta; era mi corazón, tal vez, que quería salir por mi boca como un escupitajo sangriento, patético. El tiempo, como de costumbre, en los momentos de incertidumbre, aparentaba transcurrir más lento; tiempo cómplice del sufrimiento y moderador de la felicidad. El amanecer no llegaba, no deseaba llegar y yo no podía conciliar el sueño, asunto que en aquel instante añoraba mi tranquilidad.
     Luché con mi almohada, porque no había forma de confortar mi cabeza en ella y la arrojé a las tinieblas del cuarto. Deseaba oír el coro matinal de las aves, me hubiera resultado como escuchar el ponzoñoso canto de las sirenas que obligó a Ulises a atarse al mástil de su embarcación. Me venció la angustia y me puse en pie. Caminé en la oscuridad; de pronto escuché el lenguaje elocuente de un grillo. Se dibujó en mis labios una sonrisa. Caminé en la negrura y a tientas busqué el interruptor de la luz. Al momento en que di el último paso y palpé el interruptor bajo mi mano, sentí también que había aplastado algo blando y húmedo con mi pie; encendí la luz: mi único compañero había muerto, aniquilé al grillo que me regaló un instante de compañía. Estaba solo de nuevo. Le hubiera organizado un funeral con todos los honores en aquel momento. La soledad me hacía ver lo más absurdo como lo más sensato y noble.
     Apagué la luz de nuevo, me senté en el borde de la cama mientras miraba los espejismos que mis retinas encandiladas encerraban dentro de sí, espejismos amorfos que de momentos semejaban imágenes lucidas de lugares, personas y cosas que aprecié. Me distrajo un ruido de mi momentánea enajenación, escuché como si alguien acariciara cautelosamente el picaporte de la puerta principal. No sólo mis ojos me brindaban momentos de fantasía, también mis oídos jugaban conmigo, regalándome sensaciones auditivas, quizá para mofarse de mí y de mi soledad.
     Hubiera jurado que dormité algunos segundos, sentado todavía, cuando se escuchó, nuevamente y con más insistencia, que el picaporte era manipulado. Esta vez me erguí y esperé aguantando la respiración para oír algún otro ruido en la puerta de mi casa. Escuché un leve rechinar de la puerta, de algo me sirvió no haber aceitado las bisagras, por lo que supuse que la habían abierto. Me quedé, sin embargo, sentado, mirando hacia la puerta de la recámara, la cual permanecía abierta. Sentí los pasos sigilosos de algún visitante. Me puse de pie, me dirigí silencioso en busca del interruptor y encendí de súbito la luz. Los dos nos quedamos paralizados, viéndonos fijamente. Me miró con tal dignidad que podía pensarse que el intruso era yo.
      –Lamento las molestias –me dijo con solemnidad–, créame que no gusto de entrar en casas habitadas; pero es tal la oscuridad en este hogar que di por seguro su total abandono.
     –No se turbe –contesté de igual forma–; si hubiese algo aparte de esta cama se lo ofrecería; el caso es que no hay más que lo que ve.
     –Cierto –replicó–. Casa más austera no había visto nunca, ¡qué puedo decir! Disculpe las molestias; me voy, si no tiene algún inconveniente.
     –¡No, no se vaya! Le invito un café; disculpe, ahora recuerdo que no hay café; pero siéntese, hablemos un momento, mi único acompañante murió aplastado por un imbécil, hace algunas horas o minutos, ¡poco me interesa el tiempo!
     –¡Oh, es una pena! ¿Supongo que lo estimaba mucho? –preguntó aquel hombre.
     –No mucho. Pero era lo único que tenía, aparte de esta cama que ve allí; por cierto, siéntese en ella.
     –¿En verdad quiere charlar?
     –¡Por supuesto; cuénteme de su trabajo, debe ser emocionante!
     –Hay veces que sí, otras veces no tanto –contestó el intruso–. Aunque ya no tienen consideración los clientes. Tienen la mala costumbre de poner perros en los patios, eso entorpece nuestra labor. ¡Es una desconsideración, una grosería! Otros clientes son un poco más impertinentes, colocan alarmas modernas, usted sabe, de ésas que si uno viene a realizar su humilde trabajo y no tiene cuidado de evitar activarla, termina electrocutado, o tras las rejas como ratón de laboratorio.
     –Es penoso –comenté.
     –¡Realmente penoso! Créame que es difícil ganarse la vida así. ¡Ah!, cuánto dicen los medios de comunicación: ¡Que los ladrones acá! ¡Que los ladrones allá! ¡Que lincharon a tal!, es realmente penoso. Todo tiene justificación hoy en día, pero el ser ladrón no. Por ejemplo, cuando hablan de las prostitutas dicen cosas como: Es la profesión más antigua, o Canonicemos a las putas; o qué sé yo. ¡En fin!, es difícil en estos tiempos ser ladrón. Reconozco que hay quienes desprestigian esta actividad realizando actos indignos, repugnantes; pero no debemos pagar todos por las ocurrencias de algunos mal intencionados.
     –Estoy de acuerdo –contesté–. Yo también tengo un empleo difícil, de cierta forma muy similar al de usted. A veces no tan honroso, pero, ¿qué es honroso en estos días en que cada pregunta tiene mil respuestas?
     –¿A qué se dedica usted mi apreciado señor? –inquirió él.
     –Me dedico a gobernar, a discutir, a cuestionar todo lo que no conozco. Me dedico a... Mi empleo es una sinecura.
     –Debe ser relajada su labor.
     –No lo crea. Hay noches que no duermo. Siento en mi garganta un nudo invisible que no me permite respirar. Es cansado hablar durante el día tanta palabra demagógica.
     –¿A qué se refiere? No tengo de ninguna manera su buen lenguaje. No terminé ni el estudio más básico, y lo poco que aprendí fue para leer los periódicos. Un buen ladrón debe de estar bien informado de lo que ocurre a su alrededor.
     –Mi buen amigo, lo que quiero decir es que tanta farsa termina por espantar el sueño. Por eso esta noche, cuando entró a mi casa, estaba tan despierto como una lechuza.
     –Mal empleo es el que tiene usted –comentó el ladrón–. Yo, en cambio, cuando llego, casi amaneciendo, a mi casa, duermo como un niño. Tal vez me consuela pensar que el dinero que robo hubiera sido gastado en algo inútil, ya sabe usted: licor, prostitutas y sabrá Dios en qué más. Por otra parte, cuando robo alguna joya me digo: ¡Cuánta vanidad debe causar esta joya a su dueño! Siento entonces que le quito un enorme peso a la gente. Cuando robo algún objeto del hogar: lámparas, aparatos eléctricos, pienso que en un par de años terminarían siendo un estorbo en la casa y serían arrojados a la basura. Así me relajo y disipo cualquier rastro de culpa.
     –Ya veo –repliqué–. Será bueno para mí pensar que mis falacias, mis mentiras son aquello que las personas quieren escuchar. No hay, pues, otra manera de mantener entretenido al pueblo.
     –¡Definitivamente! Si no hubiese un gobernante, un hacedor de leyes, que mintiera, que enajenara a las personas con sus palabras venenosas, el mismo pueblo lo crearía y lo pondría en el pedestal del poder para saciar su necesidad de ser guiados como un rebaño, cuyo único y certero destino es seguir ciegamente a su pastor, un pastor que les lleva al matadero, y aun cuando el rebaño sabe su final, continúa su ruta refunfuñando y quejándose, pero sin parar. Ésa es la naturaleza humana.
     –Quizá mi deber es servir al pueblo, guiándolo cual pastor  –contesté.
     –¡El mío también! –repuso el ladrón.
     –¡Ah, mi buen ladrón, quién no ha tenido entre sus seres amados a un ladrón o a un gobernante! –comenté–.
      –¡Bendito sea, mi buen gobernante!
      –Sería usted un buen gobernante –dije solemnemente.
      –Y usted sería el más grande de los ladrones. ¡Un excelente ladrón! El mejor –repuso aquel hombre.
      –Me halaga  –agradecí con sinceridad.
      –¿Y a usted no le ponen sus perros en los patios y alarmas en sus asuntos? –inquirió el ladrón.
      –¡Por supuesto!, pero bien me conocen los perros y no hay alarma de la cual no tenga la clave para desactivarla.
      –Dichoso usted.
      –¡Usted es un mártir!, tener que lidiar con perros desconocidos, alarmas activadas y clientes malagradecidos –comenté.
      –Que diga el poeta ¡canonicemos a los ladrones! –ironizó el ladrón.
      –Y a los gobernantes –añadí soltando estridente carcajada– Es la misma tierra, sólo que una seca y la otra húmeda, como el polvo y el lodo. Dos estados de un mismo elemento.
      –Me voy. Fue un enorme placer –dijo el ladrón mientras se ponía de pie.
      –¡Gracias!, esta noche dormiré como un buen gobernante.
      –Yo en cambio no dormiré mucho. Toda la noche pensaré en cambiar de profesión, pensaré en ser un gran gobernante  –comentó el ladrón.
      –Ya tiene la filosofía –repuse.
      –Buenas noches –se despidió aquel hombre.
      El ladrón salió. Yo intenté dormir y no pude. El nudo en la garganta volvió. Nunca tuve la certeza de si todo aquello fue una ilusión de mi soledad y mi angustia o en realidad fue un ladrón que en mi hogar desierto entró y me regaló un momento de feliz charla, como un buen y servicial ladrón.


El verdadero milagro de Ángel el milagroso
      Don Ángel murió apaciblemente en su hogar. Los médicos no supieron con certeza la razón de su muerte. Poco importaba, estaba muerto y no había vuelta de hoja.
      Doña Dolores fue a rendir sus respetos al cadáver de don Ángel, aunque obviamente éste no se enteró. Tuvieron ellos una larga e intensa amistad y había quienes aseguraban que compartieron sus amores tormentosos cuando fueron jóvenes, pero hacía tanto tiempo de eso que lo que pudiera haber sido antes la comidilla del pueblo, ahora era sólo un rumor casual. Doña Dolores se había casado cuarenta años atrás y solamente tuvo un hijo. Hacía diez años que no sabía de su paradero y su marido tenía quince años de haber muerto.
     Tres días después del entierro de don Ángel, Dolores estaba en su casa bordando, como de costumbre, las prendas que vendía en el mercado, en eso estaba abstraída cuando entró su hijo. Por el pueblo corrió la noticia de que el desaparecido retoño de doña Lola había vuelto. Otro rumor, además, se propagó en la población. Corrió la voz de que Dolores pidió al difunto Ángel que le hiciera el favor, el milagrito, de regresarle a su hijo ausente.
     La feliz madre y su hijo se fueron del pueblo apenas se reencontraron, por lo que ella no pudo ratificar si había pedido o no este favor a su recién fallecido amigo.
      Al cabo de dos meses de haber sido sepultado don Ángel, su tumba se convirtió  en un lugar de peregrinaje, al cual iban las personas del pueblo a pedirle favores. Ya empezaban a llamarles a estos favores, según ellos peticiones cumplidas: milagros. El párroco, al principio, no estuvo de acuerdo con aquéllos que iban a rezar y a pedir milagros frente a la tumba del difunto, pero al pasar un año, en la misma iglesia ya se mencionaba el nombre de Ángel el milagroso. El padre lo había soñado, y en el sueño Ángel le pidió que no desacreditara su milagrosidad.

     Muchos pedían frente a la tumba de Ángel el milagroso, cosas de naturaleza realmente noble y solemne; otros hacían peticiones absurdas, fútiles y la mayoría juraban que sus peticiones se veían satisfechas. Algunos creyentes sugirieron al párroco que se erigiera una figura del prematuro Santo y que se pusiera en uno de los altares de la iglesia. Al padre no le pareció del todo mala la idea, pero dijo que había que esperar la autorización de arriba. Las personas del pueblo gustaban de mencionar a Ángel el milagroso en expresiones de uso común. Ya pocos decían cosas como: ¡Oh, Dios!, ¡Por el amor de Dios!, entre otras expresiones antes sobre utilizadas. Más bien decían: ¡Por el buen Ángel!, ¡Ángel el milagroso nos proteja! y decenas de expresiones más.
     De pronto se sintió como si Ángel fuera el centro de la fe de todos aquellos que habitaban el pueblo. Nadie, sin embargo, recordaba haberlo visto en la iglesia cuando vivía; peor aun, jamás supieron de alguna obra de caridad que hubiera hecho; de lo contrario. Pero todos se confortaban al decirse a sí mismos: Son los extraños designios de Dios, sólo así recordaban y nombraban a Dios, en vez de al santo de la devoción local.
     Al poco tiempo llegó la aprobación eclesiástica. Se habría de construir, sin demora, el altar en la iglesia de Ángel el milagroso. Muchos quisieron que su cuerpo fuera exhumado, dando por hecho que estaría inmaculado, y exigían que se colocara en la iglesia. En un principio la municipalidad no lo autorizó, por recomendación de la agencia sanitaria, pero al cabo de algunos meses accedió. Al abrir la tumba encontraron un cadáver descarnado, sólo con el cabello un tanto más crecido de como se recordaba que él lo tenía al momento de su muerte. El médico explicó el fenómeno como algo natural, argumentando que el cabello crecía aún después del deceso de una persona, y que ocurría por un considerable tiempo como resultado de procesos orgánicos. Pero el pueblo entero sólo pensó: ¡Cómo creerle al doctorcito si ni siquiera supo con certeza de qué murió!
     Tomaron, pues, el cabello y dejaron el resto de las osamentas en su tumba. Lo pusieron sobre la efigie que se mandó hacer y que estaba posada en uno de los altares laterales de la iglesia. Se podía ver una imagen con cabello real y altamente milagrosa, decían los creyentes.
     Los feligreses dejaron de visitar la tumba del afortunado cadáver, ahora sus fieles iban a la iglesia y le llevaban tomates como ofrenda, pues contaban, quienes en vida lo conocieron, que gustaba de los tomates crudos con sal; otros le llevaban únicamente sal, para completar su dieta. Algunos le llevaban vino, pues también se decía que en vida le encantaba esa gratificante bebida. El padre utilizaba el vino de la ofrenda para la comunión, pues había que ahorrar la adquisición del líquido consagratorio. El religioso lo tomaba aun cuando fuera mezcal, bacanora y otras bebidas no tan generosas en sus propiedades etílicas.
     A pesar de que don Ángel en vida nunca se casó, ni tuvo hijos, algunos le llamaban padre; cosa extraña pues también decían los viejos del pueblo, que eran los más escépticos sobre lo milagroso de aquel muerto, que no gustaba de los niños y que jamás concibió la idea de tener hijos; ahora repentinamente tenía un ejército de hijos e hijas.
     Empezaron a correr rumores de otros nuevos y fantásticos milagros, hecho que incrementó su culto. En esos días fue cuando se encontró la tumba, en la que reposaba su cuerpo, destrozada, y en el ataúd no había osamenta alguna. Esto indignó a la mayoría. El alcalde del pueblo se vio presionado, al no encontrar a los malhechores, y mandó algunos de sus lamesuelas a hacer correr un rumor falso. Mandó a un ejército de mentirosos y confabuladores a engañar a los ciudadanos con la historia de que el cuerpo de Ángel el milagroso se había levantado de su tumba. De esta manera dejaron de exigirle que apresara a los delincuentes que hurtaron aquel cuerpo descarnado.
     Sólo algunos, para entonces, no veneraban al hombre santificado por el pueblo. Ellos decían que en vida era menos que un truhán y un ser insensible; pero muchos no podían ya discernir entre un verdadero servidor de la humanidad y un muerto oportunista que en vida sólo se aprovechó de todos los que pudo.
     Una tarde llegó de la capital el señor obispo. Vino a indagar personalmente, y con toda formalidad, lo que ocurría en torno del milagroso cabello de un no menos milagroso hombre llamado Ángel. Después de investigar arduamente no encontró ningún indicio de que alguno de los hechos fortuitos que se relacionaban con Ángel fuera un milagro. Eso lo comunicó en la misa dominical. Todos los presentes se enfurecieron y, dentro de la iglesia,  insultaron y golpearon al obispo. El párroco intentó detener aquel pandemónium, pero para cuando lo logró el Prelado tenía algunas costillas rotas y hematomas en todo su cuerpo. La policía no intervino. Fingieron no haberse enterado del asunto. Posteriormente algunas autoridades religiosas intentaron hacer entrar en razón a los habitantes del poblado, pero no lo consiguieron. El padre tuvo que abandonar el pueblo, al igual que hizo el obispo.
     Cuatro meses después fue encontrada la osamenta de don Ángel tirada en un peñasco lejos del pueblo. El hallazgo hizo temblar a más de cuatro; habían golpeado al obispo por defender su fe; ahora todo comenzaba a derrumbarse. Para empeorarle las cosas a los fieles creyentes de Ángel, doña Dolores regresó al pueblo y aseguró que jamás pidió ante el cuerpo sin vida de don Ángel que éste le regresara a su hijo ausente: Ni que hubiera sido un santo. Ese Angelito era todo un cabrón; ¡pero, qué bien que lo hacía, cuando éramos jóvenes!, comentó doña Lola.
     Como es común en los asuntos de interés popular, la veneración por Ángel el milagroso fue desvaneciéndose gradualmente. Para cuando se autorizó el regreso de un párroco a la iglesia, otras congregaciones religiosas ya habían aprovechado la ausencia de sacerdotes católicos. Ahora tenemos en el pueblo religiones para escoger, decían algunos. Por supuesto que fue retirada del altar la estatua, y la patética cabellera de don Ángel fue sepultada con el resto de su cuerpo, o lo que de él quedaba.
     Poco después se supo que en la casa del difunto, la cual quedó intestada, por lo que el municipio se adjudicó el derecho a ésta y a todo lo que hubiera dentro, había una suma considerable de dinero, joyas y objetos de gran valor. Aunque las autoridades trataron de esconder este hecho a los pobladores, no fue posible, por lo que el dinero, al menos una parte, se destinó para el bien común de los habitantes. Se construyeron aulas en la escuela, se mejoró el alumbrado público, algunas calles fueron empedradas y a una de las principales avenidas le pusieron el nombre de Don Ángel; entre otras cosas.

     Ahora Ángel era considerado un benefactor, tal vez involuntario, pero al fin un benefactor, por lo que se le construyó un modesto monumento en la plaza principal. La fortuna que acumuló durante su vida, trabajando en sus tierras y explotando a decenas de peones, ahora era utilizada para realizar innumerables mejoras en aquella población. Por eso, años más tarde, el culto por él tomó gran fuerza, sólo que esta vez fuera de la iglesia. Ahora don Ángel era una especie de héroe del pueblo, aun cuando doña Dolores, y algunos viejos más, dijeron hasta el último día de sus vidas que Ángel era todo un cabrón. Poco importó a la mayoría lo que fue en vida. Ahora tenían un mejor pueblo para vivir. Ése fue el verdadero y único milagro, si así se le puede decir, del truhán de Ángel.


Voces en el camino
     –¿Has escuchado? El viento ha susurrado un nombre –se oyó una voz temerosa.
     –Sí. Claro que he escuchado el silbido del viento, pero lo del nombre lo ha creado tu cerebro –contestó otra voz no menos atemorizada.
     –¿Acaso me crees un desquiciado? –inquirió la primera voz entonando un naciente rastro de enojo.
     –El pueblo entero lo piensa; yo no soy la excepción. Definitivamente, creo que estás loco.
     –Yo creo lo mismo de ti y de todos esos cretinos –replicó la primera voz.
     –¡Entonces todos estamos locos! Los unos creen que los otros lo están, y los otros creen que los unos. ¡Esto realmente apesta! –comentó la segunda voz.
     Ambas voces se fueron extinguiendo. Aquella noche dio honor a su nombre. La luna misma no se proyectaba en el lago como de costumbre. El sonido del viento semejaba la delgada voz de una mujer o de un niño. En aquella negrura del camino al pueblo se oyó de pronto el andar de alguien o algo. Una voz queda se dejó escuchar, cada vez era más clara y se distinguió el canto que entonaba:

Sea, pues, la vida el pecado, pecado que la muerte redime.
Sea, pues, el llanto el bálsamo, bálsamo que reanima a la
muerte mientras se dispone para su detestable virtud.

     El canto disminuyó paulatinamente su intensidad hasta desvanecerse por completo. El silencio del campo reinaba de nuevo en el oscuro camino al pueblo. Algunos grillos del monte grillaban con tal armonía que podía pensarse que no existía más bello y mejor sonido en instrumento musical alguno. La disonancia causada por las ruedas de un carruaje ensordeció el cántico de los insectos. Los relinchos de un par de caballos que halaban el carro aniquilaron el silencio a varios metros a la redonda. La voz del conductor incitando a los animales a apresurar su trote se escuchaba lejana, más como un murmullo del desolado paisaje nocturno que como una voz humana. Bastaron algunos segundos para que el silencio del campo retornara. Los grillos y otros insectos reanudaron su concierto de dispersas armonías.
     Siete voces sofocaron, de nuevo, la algarabía musical del desolado paisaje. Siete voces: una lloraba, otra cantaba, otras hablaban y una callaba; otra, quizá, reía. Seis voces se alejaron. Una silueta, poco más negra que aquella noche, se quedó en el campo. Era la voz que callaba. Escuchó el canto del camino y sus pequeños seres. Algunos minutos después partía también. Sus pasos no producían ruido: la prudencia no le era ajena.
      –¿Has escuchado?, el viento ha susurrado un nombre –se oyó una voz, la misma que se había escuchado horas antes. Siguió un silencio; nadie contestó, pues nadie le acompañaba.
     –¡Juan! –susurró una suave voz.
     –¿Quién eres? –inquiere entonces la primera voz.
     –¿Por qué preguntas lo obvio, Juan? ¡Soy tu conciencia! ¿Acaso no te das cuenta de que vienes solo?
     –Hubiese jurado que eras el viento –contestó aquella voz que pertenecía a Juan.
     –Soy lo que tú quieras; tomo la forma que tú desees; aparezco donde te plazca; pero soy tan sólo tu conciencia.
     –¿Y qué quieres? Hace tiempo que no te me presentas. Dudaba seriamente de tu existencia.
     –Juan, siete voces han pasado justo por donde pisas ahora. Buscan a Pedro; pronto te buscarán a ti, y cuando encuentren su cadáver y tu daga en su corazón serán ocho voces las que clamarán por tu sangre. Hace algunas horas no quisiste escucharme, cuando apenas buscabas su perjuicio, su muerte.
     –Pensé que era el viento susurrando un nombre –contestó Juan.
     De súbito la noche serena se hizo ventosa, la tormenta azotó con furia y el viento arrastraba de la lejanía el sonido de voces.

     –Alguien viene –dijo Juan.
     –Son ocho voces –replicó su voz interna–; Pedro ya se ha reunido con ellas.
      –¿Qué ocho voces, de qué hablas? –inquirió Juan con notable temor.
     –De tu destino: tienes que pagar el precio de tu aberrante acto.
     –Yo no he matado a Pedro; él se ha matado solo. Él ha buscado su muerte sabiendo, seguro estoy, que ésta se aferra a nuestra espalda desde que la columna comienza a tomar forma en el confortable vientre materno.
     –Tú lo has matado y no hay vuelta de hoja.
     –Si hacer justicia es matar, entonces yo lo he matado.
     –No hay nada de justo en tu acción, en cambio en lo que te espera, sea cruel o abominable, sí lo hay.
     –¡Pedro tenía que morir! Era un traidor, él sabía bien cuánto amaba yo a Magdalena y aun así se desposó con ella –dijo Juan con su rostro desfigurado de rabia.
     –¿Y para matarlo lo has tenido que engañar? También tú has traicionado; mereces la muerte. Lo trajiste al camino, en las afueras del pueblo, con el risible pretexto de mirar un fuego fatuo que aparece a media noche. El infeliz lo ha creído; ha dejado a Magdalena, su eterno amor, y ha venido a constatar una patraña supersticiosa. Nadie hubiera pensado que un hombre de escuela, como él, hubiera caído en tan estúpido engaño, engaño que la vida le arrebató.
     –Eso no tiene importancia. Magdalena ya no pertenece a nadie. Espero que no pase mucho tiempo antes de poder tenerla en mis brazos y sentir sus labios húmedos en los míos –comentó Juan, mirando a la nada que ocultaba el oscuro camino al pueblo.
     –Sólo que a Magdalena le guste besar muertos, Juan.
     –¡Cállate! Nada eres sin mí.
     –Tú, pronto serás nada, por haber estado sin mí, y por no haberme puesto atención hace unas horas. Serás lo que Pedro. Y sin duda, si Magdalena gustara de besar muertos, besaría el cadáver de Pedro y no el tuyo.
    –¡Calla! Te he acallado tantas veces que una más es una nada –dijo Juan, jactanciosamente.
     –Las ocho voces se acercan. La lluvia ha menguado; el viento no. El viento arrastra tu perdición. Las ocho voces de la justicia no tardan ya en venir.
     –No hay forma de comprobar el crimen –se vanaglorió Juan.
     –¿Ya has aceptado que es un crimen y no justicia? –ironizó su conciencia.
     –¡Silencio!, ahora me voy; aquí te quedas tú en el camino.
     –No es posible. Voy contigo.

* * *
     El cielo aún se mostraba oscuro mientras pasos lejanos se acercaban presurosos. Un manojo de murmullos remotos se convirtieron en palabras y nuevas voces se dejaron oír:
     –¡Yo no he sido, yo no mataría ni una vulgar mosca, lo juro; además era mi amigo, todos saben que siempre fue mi amigo, que no le haría daño!
–gritaba una voz aterrorizada.
     –Nadie ha dicho que seas culpable, sólo estás acusado. Eres un sospechoso, nada más. Ya veremos si tu inocencia te libera –repuso una segunda voz.
     –No tengo tiempo para regalarle a la ociosidad, ¡déjenme ir!
     Las voces se alejaron. El silencio reinó el camino. Los grillos canturreaban indiferentes mientras ya comenzaba a amanecer. Dos caminantes se dibujaban en el clareado paisaje húmedo. Los grillos silenciaban ya su nocturna orgía de cantos.
     –Pobre Jerónimo, ahora sí que no se escapa del sueño eterno –dijo una voz que pertenecía a una de las dos siluetas.
     –¡Qué es la muerte para él! Peor es la deshonra de su familia –replicó la otra silueta de hablar entrecortado y jadeante, por el esfuerzo de caminar.
     –No creo que él haya matado a Pedro; él no mataría ni a una mosca.
     –Nadie lo cree. Todos saben que es inocente, pero si no hay alguien que pague el muertito, ¿qué sería de nosotros?
     Las voces se alejaron y desaparecieron gradualmente.
    
     Los grillos no cantaban, el viento no soplaba. La luna era lo más común que pudiera haberse visto. Era la segunda noche, después del asesinato de Pedro.
     –Ya cayó una cabeza –comentó una voz joven–. Tal vez no fue el cuello que debió ser cortado, pero la muerte de Pedro ya cobró justicia.
     –Pobre Jerónimo –añadió otra voz–, pagó con su sangre el crimen que sin duda él no cometió.
     –Vaya que fue un juicio rápido el que se le dio a Jerónimo –dijo la primera voz–. No pasaron dos días para que su cuerpo estuviera listo para el banquete de los gusanos; ¡esos animales carroñeros no pasan hambre! Hoy es su primera noche de muerto.
     El camino volvió al silencio, las voces cesaron. Cerca del amanecer, cuando la tenue chispa del astro diurno de nuevo se asomaba por las crestas de las colinas, en el tranquilo campo se escucharon siete voces. Otra  más callaba.

     –Esta justicia de hombres, siempre tan corrompida –comentó una voz suave y femenina.
     –De más se sabe que en la tierra la pureza es la virtud de las rocas, al igual que la prudencia –replicó una segunda voz con características masculinas.
     –Ésa es una de las grandes verdades, y vaya que son pocas –dijo la primera voz.
     –Ese Juan cree que la justicia del cielo no caerá sobre él –añadió una tercera voz.
     –Hubiera sido mejor para él pagar su culpa en la tierra; lo que le espera es atroz como su acto –gruñó una cuarta voz con fiero sonido animal.
     –El ejército justiciero toma la vida del tirano y la aleja de la gloria sagrada del perdón. ¡Que el hombre, que Juan lleva por nombre, cumpla su condena! –entonó la quinta voz que sonaba como si fuesen dos voces a la vez: una de mujer y otra de hombre.
     –La hora se acerca –susurraba suave, pero firme una voz masculina: la sexta.
     –Yo soy el agraviado –se escuchó la octava voz, la cual pertenecía al difunto Pedro–. Yo la nueva voz entre ustedes. Se me habrá de permitir presenciar la consumación de la justicia eterna, sólo así descansará este espíritu dolido.
     –¡Viene ya! Se escucha el caballo –interrumpe en ese momento la tercera voz.
     Juan cabalgaba por el camino, el cual mostraba una cierta oscuridad, pues el sol apenas se asomaba tras las colinas. Alguien lo acompañaba montado en el caballo y sosteniéndose de él: era la silueta de una mujer.
     –¡Magdalena! –dijo encolerizada la voz de Pedro–. También me traicionas. Tú, a quien amo tanto aun después de la vida.
     –La justicia llega ya. El tiempo, que nada vale de este lado, les llega a esos dos, para quienes el tiempo les es todo –replicó la segunda voz.
     –¿Ella también pagará la traición? –pregunta entonces Pedro.
     –Es inútil contestar, el tiempo, que nada vale, llegó –repuso la segunda voz.
     La séptima voz que hasta entonces había callado, lanzó un grito aterrador, un gruñido espantoso; el caballo lo percibió como un trueno ensordecedor en medio de la más horrible tormenta. El animal levantó sus patas delanteras al aire derribando a sus ocupantes. Magdalena y Juan cayeron a la orilla del camino. Ella quedó con su cabeza destrozada por el impacto en las rocas. Juan estuvo inconsciente por algunos minutos, hasta que comenzó a dolerse de las heridas recibidas en la aparatosa caída.
     –Ella ya pagó su deuda –dijo la primera voz notablemente complacida.
     –Éste ya se muere –comentó la tercera voz mientras todas las voces se dirigían a ver a Juan.
     –¿Y qué espera? –repuso la séptima voz con gran impaciencia.
     –¿Ella tenía que morir? –preguntó Pedro.
     –Ya lo ves –dijo la quinta voz–. Si no tuviera que morir no hubiera muerto.
     El sol había salido por completo. Las ocho voces callaban. De vez en cuando la séptima voz gruñía para demostrar su descontento. Juan no moría aún. Agonizaba, pero no sucumbía a la muerte.
     Pasaron algunas horas y Juan continuaba la agonía sin que se consumara su deceso. Entonces se escuchó el sonido de un carruaje jalado por caballos. El silencio de las voces continuaba; la séptima gruñía de vez en vez. Las dos personas que venían en el carruaje se percataron del accidente. Levantaron el cuerpo sin vida de Magdalena y el de Juan quien, aunque agonizaba,  murmuraba y desvariaba sin cesar.
     –¿Qué hacemos? –preguntó la tercera voz rompiendo el silencio.
     –¡Se lo llevan! –dijo la primera voz, alarmada.
     Todas las voces se dirigieron a la séptima, la que hizo caer el caballo con el grito.
     –Los dos inocentes de la carreta a cambio de un culpable; sus culpas por pagar deben tener también ellos –comentó resignada la séptima voz y lanzó un grito espantoso que hizo correr a uno de los dos equinos, el otro murió en el acto pues del susto su corazón cesó de latir. La carreta volcó al toparse con el cadáver del caballo, mientras el otro animal jalaba con brutal fuerza el carruaje. Ambos tripulantes murieron en aquel pandemónium, al igual que los dos caballos. Juan sigue con vida.
     –¡Sigue vivo! –gritó estupefacta la sexta voz.
     –¿Qué pasa aquí? –rugía la séptima voz encolerizada–, ¡ya hice de todo para que éste deje de vivir!
     Las ocho voces se acercaron al cuerpo destrozado de Juan.
     –¿Por qué no te mueres, Juan? –le preguntaron al unísono.
     –Ya dejen en paz al pobre cadáver de Juan –contestó una novena voz, proveniente del cuerpo del desdichado–. Ya hace mucho que murió, yo soy solamente su conciencia.
     –La justicia verdadera se regocija –comentó la quinta voz.
     –Yo fui siempre fiel a la justicia –dijo la conciencia del difunto Juan–; ¿qué hay de mí?
     –Tú te quedas ahí hasta que te coman los gusanos –repuso alguna de las voces.

     El sol comenzaba a meterse. Los grillos chirriaban de nuevo bajo las estrellas que apenas empezaban a brillar. Una carreta volcada, una nube de insectos y depredadores merodeando los cadáveres, poco turbaban la cotidiana y apacible sonata de los grillos del campo.

 


 El engaño
     –Tu negativa no te llevará muy lejos –vociferó altaneramente el guardia, parado frente a los barrotes de aquella celda que aprisionaba al detenido.
     –No hay nada que pueda hacer; no he nacido traidor –replicó aquel hombre de recia mirada y severa indiferencia.
     –¡Han muerto decenas! Niños hay entre las víctimas –dijo el guardia con cierta preocupación, pero con tono ecuánime–, ¿no te sientes en deuda con tu Dios? Tú sabes quiénes han ejecutado el atentado. Si tan sólo pudiéramos aprehender a los miserables que activaron la bomba, sin duda llegaríamos al aun más miserable intelecto que ideó y creyó necesario tal acto de barbarie.
     –No hay más apropiado calificativo para denominar tal acción           
–respondió el preso con su voz temblorosa y titubeante–; pero ya lo he dicho, no hay nada que mis palabras puedan remediar. La muerte ya se apoderó de esas vidas.
     –¿Y la justicia? Esos monstruos deben pagar su atrocidad; en tus  manos está.
     –¡¿De qué justicia hablas?! ¿Acaso de la justicia de los libros del estado, de esa justicia jamás definida de la sociedad? –gritó encolerizado el prisionero, sosteniéndose en los fríos barrotes de su prisión.
     –Se hace lo que se puede hacer –replicó el celador encogiéndose de hombros.
     –Lo que se hace no es suficiente. ¡Eso es una mierda! Tu justicia es una mierda. La verdadera justicia viene de lo más hondo del espíritu, pero eso es un inconveniente en este mundo donde el llanto se seca con billetes. ¡A la mierda, pues, tu justicia!
     –Esas patrañas que evoca tu razón plantéaselas a esos cretinos que pretenden comer del pensamiento. Platón tuvo influencia en su tiempo; hoy te ensucias las manos y la conciencia o no comes. En fin. A lo que nos compete. Dime, sin perder tu escaso tiempo, quién activó el explosivo. Sabemos que nada tienes que ver con esa organización criminal; bueno, lo suponemos. Pero tú los has visto. Estabas ahí cuando el circo aquel se desencadenó. ¿Tienes miedo que tomen represalias contra ti? Son miedos infundados, antes que esos bastardos piensen en la venganza, estarán con la cuerda al cuello. Nada menos que el patíbulo les espera.
     –No hablaré –dijo el hombre dando la espalda al guardia.
     –Te condenarán.
     –Poco importa.
     –Sospecho que les proteges.
     –Sospechas mal.
     –Entonces habla y todo estará bien para ti y para la justicia.
     –¡No hables de justicia! No manches lo que no comprendes siquiera.
     –Habla, que no está tu cuello exento de la cuerda infernal.
     –Eso no ocurrirá. Yo no he participado en el atentado, aunque ese lidercito de mierda que manipula nuestra libertad no se merecería menos que desaparecer, disuelto, pedazo a pedazo, por la letal explosión de una justiciera bomba.
     –Por supuesto que se te puede sentenciar al patíbulo –repuso el guardia–. Además otra vez hablas de justicia; ¿No habías quedado en dejar eso?
     –Tengo derecho a mi silencio. De mi boca no saldrá nada que no sea necesario decirse.
     –¡Piénsalo! Tienes sólo algunas horas de vida segura; después todo será incertidumbre para ti.
     El hombre calló y dio la espalda al guardia. El celador se alejó exasperado e impotente, frunciendo el entrecejo, pensando en lo estúpido que era perder el tiempo de esa manera. Pensaba en lo bien que le vendría una siesta, pero aún no era tiempo de dormir, había que hacer que declarara el infeliz hombrecillo de la celda.
      “¡Pobre infeliz!   –pensó el guardia–, no tiene más de treinta años, o tal vez menos, y ya echa a perder su vida con ideales baratos de...¿de qué? De honor, quizá."
     Algunas horas más tarde el celador entró acompañado de una hermosa mujer morena, de ojos grandes y pelo negro como un cuervo, un hermoso cuervo. Su cuerpo envuelto en vestido largo y rojo, rojo como una tarde de octubre, era curvo y firme, atléticamente estilizado. Su mirada se mostraba inexpresiva, dando una sensación de aridez no muy distinta a la que provocan las cavidades oculares de un cráneo descarnado. Pero su boca, contrariamente a su mirada, era carnosa y daba una vida innegable a su fino y afilado rostro femenino.  
     El guardia se acercó a los barrotes dejando a la mujer atrás y le dijo quedamente al preso:
     –Andrés, piensa bien las cosas. ¿Te gustaría, esta misma noche, estar entre las piernas tibias de este ángel?
     –¡Calla, alacrán! –dijo el preso en voz baja y furibunda.
     El guardia indicó a la joven que se acercara a las rejas. Les dijo que sólo tendrían diez minutos de charla. “Lo demás ya es un lujo”, añadió. Miró a la hermosa mujer atentamente, les dio la espalda y se fue con la mirada perdida y reflexiva.
     –¡Andrés! –suspiró ella cuando vio al vigilante lejos.
     –¡Elisa! ¡Cuánto te he esperado!
     Un silencio se suscitó por más de un minuto. Ella no lo veía a los ojos; él buscaba su mirada perdida.
     –Elisa, sabes que yo no te haría daño –dijo con suavidad Andrés acercándose a los barrotes.
     –¡Pero tienes que hablar, Andrés; tienes que decir lo que sabes! No debes pagar por quienes contrajeron la deuda –replicó ella entre sollozos, mientras miraba el piso enmohecido de la prisión.
     –Yo no te haría daño –repitió Andrés.
     –¡Murieron tres niños, tres niños tan bellos e inocentes como los que siempre soñamos tener como hijos! –respondió Elisa estallando en llanto.
     –Reconozco que ha sido algo aberrante, pero quién soy yo para condenarte a ti –contestó él al borde del llanto.
     –Sólo queríamos matar al bastardo… y a su comitiva; ¡cuánto daño le ha hecho al pueblo él y su despótico gobierno!
     –Fabián activó la bomba, lo vi. Ese insensato te metió en esto que ya no tiene salida –dijo Andrés, golpeando los barrotes con su puño.
     –Lo sé. Todos saben que miraste a los que ejecutaron el atentado; también se sabe que no has dicho nombres –respondió ella.
     –Y no lo haré, por ti.
     –¿Cómo se han enterado que viste a los ejecutores del atentado?
–inquirió Elisa.
     –Los guardias del edificio los vieron salir; pero solamente de espalda. A mí me miraron y dieron por hecho que yo vi a los delincuentes; no me culpan de ejecutor del delito o integrante del grupo, supongo que porque estuve en el edificio desde muchas horas antes de lo ocurrido y había asistido a éste desde meses atrás. Pero… si no declaro algo, cualquier cosa, me espera la muerte.
     –Declara, di una mentira si así lo quieres.
     –La descubrirán, y sabrían entonces que sé algo más. Me vincularían directamente a la organización, y quizás a ti, y entonces tú... estarías desamparada, perdida. Es mejor callar.
     –Todo es muy confuso, tú no deberías estar en esta prisión infame.
     –Poco entiendo. Pude haber negado que miré lo acontecido, pero pensé que eso resultaría más sospechoso. Ya lo ves… heme aquí. Pero están seguros, yo no diré nada, por ti; no por ellos. Que se pudran ellos en el infierno. Cualquier declaración comprometería tu integridad  y eso no me es grato. El silencio es lo más prudente; bendita prudencia. ¡Oh, Elisa! ¡Qué has hecho! Te advertí que no era bueno propugnar ese tipo de política radical de tus compañeros. Ahora buscan tu nombre y tu cuello, pero aquí estoy para librarte de tal horror, aunque con eso vaya mi vida.
     Elisa se echó a llorar. Él se acercó lo más que pudo; la frialdad de los barrotes, símbolo de la criminalidad, separaba sus cuerpos.
     –Tú no te mereces lo que te pasa, ¡delátanos, lo merecemos! Hemos matados a inocentes… ¡Niños, Andrés, sólo eran niños! El infierno nos espera. ¡Delátanos!
     –¡Calla, que te escuchan! –le ordenó Andrés.
     El guardia entró para interrumpirlos:
     –El tiempo vuela y a ustedes se les acabó.
     –Me voy, Andrés. Te veré pronto –dijo Elisa.
     –No lo creo. Así como andan las cosas –interrumpió el celador.
     –De eso estoy segura –repuso ella con notable decisión.
     –Elisa, no te haría daño –dijo Andrés.
     –Ya se ha acabado el tiempo –insistió el celador.
     El guardia tomó a Elisa del brazo con cortesía, pero con firmeza y la llevó a la puerta de salida que daba justo frente de la celda de Andrés. Dejó a la joven en el umbral de la salida y volvió para susurrarle suavemente al preso:
     –Si yo pudiera, esta misma noche saborearía sus pechos.
     –¡Rata miserable! –gritó Andrés enloquecido.
     El guardia se dirigió nuevamente a la puerta donde Elisa esperaba con su rostro descompuesto en sollozos. La tomó del brazo con la misma cortesía de antes y la condujo al exterior. La miraba con cierto aire de escrutinio. De pronto, aquel hombre sintió tan familiar la fisonomía de la joven desconocida que sintió compasión, la compasión que se siente por alguien que se ama. “¡Al diablo con esto!”, pensó. No había tiempo para eso. Acaso debería haber tiempo para dormir.
     Andrés pudo escuchar cómo el ruido intenso del taconear de su  Elisa se alejaba, perdiéndose en la lejanía. Quedó solo de nuevo, atacado por la incertidumbre. Solamente los ecos lejanos de aquella ergástula le acompañaban, ecos sin tiempo y completamente etéreos.

     Dos horas más tarde estaba el guardia sentado en una silla plantada frente a la celda de Andrés.
   –Eres un insensato, Andrés. Tienes una hermosa mujercita, que por cierto no es una santa, y pierdes el tiempo guardando en tu mente un par de nombres, que tal vez podrías compartir conmigo. Es tu decisión, sólo dices el nombre de unos bastardos, que ni te van ni te vienen y: ¡Andrés y Elisa disfrutándose sus cuerpos, saboreándose mutuamente!
     –He dicho que no diré nada; yo no estoy involucrado en ese asunto.
     –¿Y Elisa? ¿Está involucrada ella?
     Andrés sintió que se le escapaba el aliento de sus pulmones, de un salto se acercó a los barrotes y gritó carcomido por la furia y el miedo:
     –¡¿A qué te refieres rata miserable?!
     –Sin ofender, jovencito –ironizó el guardia–. ¿Crees que el estado y sus sabios servidores no sabemos en qué negocios se desenvuelve tu hermosa mujercita?
     –¿De qué hablas? –inquirió Andrés con sus ojos desorbitados.
     –No te preocupes, todo tiene arreglo, hasta este punto. Sabemos que Elisa es sólo un..., digamos, un ornamento de la organización a la que pertenece, la cual por cierto, ideó y ejecutó el atentado contra el jefe, ¿Ya sabes a quién me refiero? Sí, lo sabes muy bien. Saben muy bien que si él llega al poder máximo, tendrá poca indulgencia con los detractores del Partido Evolucionista Racional, como tu damisela. Tenemos conciencia que Elisa es un cero más que inválido en  la planeación y ejecución de acciones de ese grupo opositor delictivo. Por tal razón, y gracias a la transigencia del gobierno al cual esos cretinos atacan, se te ofrece un trato justo, con el cual verás que en realidad la justicia es más práctica que filosófica. Nos dices quiénes activaron manualmente el artefacto explosivo, un par de nombres (sabes que la evacuación no se logró en su totalidad en sólo cinco minutos y murieron algunos inocentes. ¡Lástima de niños!), un par de nombres y por ende a ellos se les extraerán otros nombres, sobre todo el nombre del culpable intelectual de ese malintencionado atentado. Tú saldrás medio limpio. El jefe te brindará toda su protección al igual que a tu damita. Se irán. El delito de ambos, tu encubrimiento, y su complicidad, será borrado de las listas del estado. La prensa no se meterá en esto, difícil tarea, pero no imposible para nosotros.
     –¿Es verdad tu proposición? ¿Será cumplida? –inquirió Andrés con notable interés.
     –Totalmente. Si no confías en tu gobierno, ¿entonces en quién puedes confiar?
     –En un muerto –replicó Andrés con una sonrisa irónica en sus delgados y jóvenes labios.
     –¿Aceptas el trato? Es ahora, o nuca será. Es un acuerdo leal y plenamente legal.
     –Acepto –dijo Andrés y estrechó la mano del guardia que sonreía complacido.
     Andrés declaró. Mientras hablaba de Fabián, Ernesto, Miguel y de Adolfo, el líder, tuvo una sensación desagradable de náuseas en su garganta; no por que sintiera aprecio por aquellos sujetos que apenas conocía y con los cuales había cruzado sólo unas cuantas palabras, sino por que repudiaba ser un delator. Pero amaba a Elisa. ¡Qué importaba todo y todos si ella, joven, bella, una Elena de piel  morena, le acompañaría hasta el fin del tiempo!

     Tres días después de su declaración, el guardia se presentó ante Andrés.
     –¿Qué pasa, y nuestro trato?, ya debería estar yo en los brazos de Elisa.
–reclamó Andrés desconcertado.
     –Andrés, eres joven. ¿Cuántos años tienes? ¿Veinticinco, quizá? Eres transparente, muchacho. Antes era menester utilizar la trágica técnica del flagelo para inducir a los reos a la declaración. Hoy, muchas cosas han cambiado; todo evoluciona. Los rusos no son un “peligro” para los norteamericanos y “viceversa”; aunque no estoy tan seguro de eso último. Ahora se curan muchos padecimientos que antes arrasaban a millares de personas. Hay pocas cosas que no han cambiado, como la política y todo lo que requiere del sentido común del hombre, eso no es lícito cambiarlo; esto sigue por los suelos. Bueno, viendo mejor las cosas, muchas cosas no han cambiado; ya me contradigo. En fin. Lo que sí ha cambiado es que nuestro gobierno considera la tortura, y sus métodos, como una insipiente forma de estimular la declaración de los presos. En cambio el engaño ha cobrado un enorme auge. Se nos entrena en universidades con el fin de desarrollar técnicas complejas de engaño. ¿Acaso creíste que era un guardiancito? Tú caíste en una de las más ortodoxas y sencillas técnicas de engaño. Ahora los celadores no somos sólo los que soportan las rabietas de los reclusos, somos unos profesionales en el engaño, la demagogia y todo eso. Algo así como un gobernante común.
     –¡Rata miserable! Entonces el trato ha sido una atroz falacia
–interrumpió colérico Andrés.
     –Falacia es una vulgar palabra, digamos mejor Engaño Sistemático Dirigido o ESD; ése es el término oficial. Es toda una metodología  
–explicó solemnemente el guardia.
     –¿Y Elisa? ¿Qué ha sido de ella?
     –Ahora es, más que una hermosa mujer, como un péndulo de reloj. Cuestión de justicia oficial.
     –¿Qué dices escoria? ¿A qué te refieres?
     –Le han estirado el cuello; está muerta. El patíbulo no perdona a los agresores de la sociedad.
     Andrés lloró amargamente. El guardia se posó taciturno frente a la celda. Al cabo de cinco minutos, en que Andrés chilló y sollozó desconsolado, el celador se dirigió a él:
     –No te tortures demasiado. Estas cosas duelen. Pero todo se olvida. ¿No es acaso eso la vida? Un montón de dolor que va y viene. Debe ser difícil perder a alguien a quien se ama; nunca he estado seguro si he amado o he perdido a alguien. Pero tú obtendrás pronto tu libertad; en algunos meses tal vez. Has cooperado con el estado, has cumplido un enorme deber. Fuiste justo, quizás dentro de los parámetros de la justicia humana, pero, algo es algo. Ella no lo sabía, pero... te lo digo aquí en confianza: cuando me enteré que Elisa era hija de Julia Sans tuve una tremenda incertidumbre que aún no puedo aclarar. Julia Sans fue mi amante, hace veintitrés o veinticuatro años de eso. Un día, intempestivamente se fue de la ciudad. Algunos dijeron que al percatarse de su embarazo tuvo miedo porque estaba preñada de otro amante. Otros dijeron que el embarazo era producto de nuestra relación. Poco entendí al respecto, ahora menos. ¡Bendito beneficio de la duda!, ¿quién lo habrá inventado? El asunto es que no sé si Elisa es mi hija… mejor dicho, no sé si fue mi hija.
      “¡En fin! Ya tendré tiempo de invitar a Julia un café y charlar, ahí tal vez le preguntaré si Elisa era mi hija. En ese caso, ¿debería sentirme culpable de haber estado implicado en la decisión condenatoria de mi propia hija? ¡No lo creo! Son cosas del deber. Si yo no me siento mal, ¿tú por qué habrías de sentirte mal? Saldrás en unos meses, y a buscar otras piernas donde refugiarte.
     “Ya es tarde. Me muero de sueño. Esta noche dormiré como un niño; deseo lo mismo para ti. ¡Buenas noches, muchacho!
     El guardia se fue arrojando un bostezo que contagió a Andrés. El joven quedó preso en la celda y en su alma, atónito, mientras miraba a la nada, pensando que el guardia, tal vez, tenía razón.



Todo por unas vacas
     –¡Don Miguel, se lo juro, estaba  muerto!
     –¡Francisco, te dije que no le erraras o el muerto serías tú!
     –Si yo lo miré bien tieso, no me cabe duda.
     –¡No, pos’ si la ley se viene contra ti, tú me delatas, Francisco!, por eso mejor te mato! No sea que el que quede tras las rejas o bajo tierra sea yo.
     Entonces aquel hombre llamado Miguel descargó su pistola en la sien de francisco. Ya le tenía apuntada el arma, mientras éste, tembloroso,  rogó casi por media hora que no lo matara.
     Don Miguel mandó matar a Juan. Francisco aceptó unos cuantos cientos de pesos por cometer el asesinato.
    Juan le robó un par de vacas a don Miguel. Este último sabía bien que el ganado no valía demasiado, casi valía lo que le pagó a Francisco por matar a Juan, pero él había dicho: "¡Es el hecho, es el hecho! Nadie le roba una sola vaca a Miguel Esparza."
     Y Francisco falló. Le disparó un par de tiros y creyó que estaba muerto; no le dio el tiro de gracia porque pensaba que era de mala suerte. Así que don Miguel mató a Francisco para que no fuera a hablar y decir que él lo había mandado a cometer el crimen.
     Un año atrás el hijo más pequeño de Juan enfermó y no tenía dinero para pagar los gastos del tratamiento. Nadie le prestó dinero para pagar nada, así que una noche se le ocurrió brincarse el alambrado que delimitaban las tierras de don Miguel con su terrenito y le robó un par de vacas. No le fue fácil hacerlas correr fuera de las tierras de su dueño. Además de que estaba muy oscuro, debía hacer el menor ruido posible. Pero lo logró, se robó las dos vacas y las vendió como carne, en el mercado del pueblo, con eso le pagó la curación a su hijo, quien mejoró y se restableció totalmente en poco tiempo.
     Al otro día Miguel Esparza, quien era un hombre de considerable fortuna, se percató de la ausencia de dos de sus animales. Días después se enteró por casualidad que Juan había vendido bastante carne en el mercado y sabía que esa carne, sin duda, era la de sus vacas que tan sólo días antes estuvieron pastando en sus tierras. A Miguel Esparza no le cabía duda que Juan se había llevado sus vacas. Se  enteró, además, de que el hijo de éste había estado enfermo y que no tenía dinero para costear los gastos de su curación. Guardó silencio por algunos meses, para que nadie sospechara. Luego buscó a Francisco. Había que matar al abigeo.
     –¿Y para qué lo mato?, mejor que le regrese sus vacas –dijo Francisco.
     –Esas reses ya no están ni en la panza de los que se las comieron; si acaso andan de estiércol fertilizando algo por ahí –contestó Miguel Esparza.
     –¡Cóbreselas!
     –¡Es el hecho, es el hecho! Nadie roba una sola vaca a Miguel Esparza; al rato se vienen en bandadas todos los pobres diablos que necesitan dinero y se llevan hasta el toro viejo que anda en el corral. Esto es cuestión de cuidar el patrimonio de mis hijos.
     –Pero… ni hijos tiene, don Miguel –repuso Francisco.
     –Y quién sabe si los tendré; pero es bueno estar precavidos. Por eso te voy a pagar para que lo escarmientes –contestó don Miguel alargando su mano con un fajo de billetes.
     –¿Y los hijos de Juan? Se van a quedar sin padre que les dé de comer.
     –Tú mátalo y yo te pago. Ya les mandaré una vaca para que se la traguen.
     –Luego se les pierde, es mucho una vaca para que se la coman antes que se pudra, y con este calor, todo se pudre luego; hasta uno se apesta a muerto.
     –¡Pues que la vendan!
     –pero, ¿para qué les alcanza la vaca o el dinero? Lo de su venta no les dura para siempre, y el animal se les pudre si lo matan pa’comérselo, no se lo acaban en unos días y se les pudre de seguro. Y aunque no se les pudriera, les alcanza sólo pa’tragar unos días.
     –Tú mátalo y yo te pago; allá tú si quieres darles tu dinero, el del pago, para que coman; ése es tu asunto.
     –No, pos’ no. Ese dinerito es para los míos, para mis hijos y mi mujer, que no están menos hambrientos que los de él.
     Así fue que Francisco fue a buscar a Juan. Lo buscó todo el domingo. Ya tarde le vino a la mente que para esas horas su víctima andaría, sin duda, por la cantina. En el pueblo se acostumbraba tomar unas copas cada domingo por la tarde. A veces no tenían para comer, pero lo de la bebida era seguro que lo conseguían. Era como un ritual. Se sentían condenados si el domingo faltaban a la cantina para tomar un poco de cerveza o licor, al menos del más barato. Todos se sentían purificados, pues en la mañana, tempranito, habían ido a misa a que les perdonaran los pecados acumulados desde el domingo anterior.
     Allí en la cantina, Francisco vio a Juan bebiendo, sentado con media docena de hombres. Lo saludó a él y a todos los que lo acompañaban, y éstos le devolvieron el saludo, pero no se acercó a ellos. Esperó pacientemente hasta que su víctima se puso de pie y salió de la taberna. No debía provocar sospecha alguna. Salió tras él guardando una distancia prudente. A las afueras del pueblo, cerca ya de los terrenitos de Juan, Francisco apuró su paso y le gritó:
     –¡Voltéate, Juan, te vengo a matar y no me gusta matar por la espalda!
     Juan se detuvo sin voltear hacia su agresor y le contestó:
     –¿Eres  tú, Francisco? ¿Y por qué me quieres matar?, dinero no tengo.
     –¡Que te des la vuelta, hombre! –le ordenó.
     –¡No, porque me matas!
     –¡Te voy a tener que dar de tiros por la espalda!; si ya estás muerto de cualquier forma. Si no soy yo, otro te ajusticiará.
     –¿Pero por qué me quieres matar?, yo nunca te he hecho nada –preguntó entristecido el acechado.
     –No soy yo el que te mata; es don Miguel Esparza; dizque por unas vacas que le robaste.
     –Eran pa’que se curara mi hijo –repuso Juan con voz triste y resquebrajada.
     –Ya sé, no sigas, que no te mato; y luego mi hijo sería el que no tendría ni pa’comer… ¡Voltéate o te mato de un cachazo!
     –¡Aunque me mates, no me volteo!
     –Por eso, voltéate pa’matarte; es muy triste que a alguien lo maten por la espalda. ¡Vuélvete!
     –Si no es por tristeza que no me disparas por la espalda; tú bien sabes que es de mala suerte; es traición, como la que le hizo ese Judas a Cristo, nuestro Señor.
     –¡Déjate de cosas y voltéate! –gritó Francisco.
     –¡No, si me matas hazlo como lo que eres: un traidor!
     –¡Ahora te mato…! De cabeza o de espaldas, ¡pero te mato!
     Y le disparó un par de tiros por la espalda. Al verlo derrumbado y aún quejándose se le acercó y le apuntó con su revolver calibre .45 a la cabeza, pero no le disparó.
     “Éste ya se va morir, ya se lo cargo… Pa’que me busco el mal agüero dándole el tiro de gracia”, pensó Francisco, y huyó dejándolo en agonía. Al otro día salió a escondidas hacia las tierras de don Miguel. El hacendado lo recibió serio y un tanto cortés. Lo hizo pasar a la sala y ahí platicaron un momento. Después salieron a la parte trasera de la casa, a un pequeño huerto terregoso; ahí, don Miguel le gritó a Francisco:
     –¡No lo mataste, imbécil!
     –¡Claro que lo maté, me costó mi trabajo pero le metí dos tiros!
     –¡Entonces!, ¿quién demonios está en el hospital del pueblo? ¿Quién se mejora ahí, de su agonía?
     –No sé, pero dudo que sea Juan.
     –¡Es Juan, idiota! –gritó don Miguel–. ¿Por qué no le volaste la cabeza de un tiro?
     –Es que le di dos balazos. No necesitaba más.
     –¡Claro que necesitaba más; uno en el cerebro, a lo menos! De seguir mejorando, en unos días más dice que tú intentaste asesinarlo porque yo te mandé, y eso a mí no me conviene.
     –¡Don Miguel, se lo juro, estaba…

     Por eso Miguel Esparza mató a Francisco, para evitar que hablara del crimen que le mandó cometer. El cacique ignoraba que la mujer de su víctima también sabía, con todos los detalles, lo que había ocurrido. Y como su marido apareció muerto por el monte dos días después, se fue corriendo a contarle al párroco el pecado que llevaba en su alma, al traer la pesada carga que le resultaba guardar el secreto del intento de asesinato que cometió su esposo contra Juan. Y sabía, sin duda alguna, que don Miguel había matado a Francisco. El padre indignado le pidió que lo contara a las autoridades, y ella dijo que no era posible, que su esposo ya había pagado su pecado al morir. La mujer se fue. El religioso no guardó el secreto de confesión. Fue y declaró todo a las autoridades para que hicieran justicia y aprehendieran a don Miguel Esparza por mandar matar a Juan. De paso les habló de la sospecha. “Para mí que don Miguel mató también a Francisco, a ése déspota no se le escapa nada; tenía que asilenciarlo”,  así les dijo. Pero antes que la justicia lo aprehendiera, el hijo mayor de Juan se hizo su propia justicia. Brincó el alambrado de don Miguel ya muy entrada la noche, pero no para robarle vacas. Lo encontró dormido, y así se quedó para siempre, cuando le propinó una docena de machetazos por todo el cuerpo. Aprovechó y se llevó cuatro reses, cuya carne vendió tres días después en el mercado. Sin embargo, dejó tantos indicios de su crimen que a las dos semanas fue a parar a la cárcel. Su padre le dijo, cuando mejoró de los balazos en la espalda, y fue a visitarlo a las celdas de la prisión del pueblo:
     –Hijo, ¿para qué lo hiciste?
     –Tenía que matarlo, papá. Él lo quiso matar a usted y lo intentaría de nuevo.
     –Al menos no te hubieras robado las vacas. Así no habrían sabido que fuiste tú. Y si ya lo habías hecho, se las hubieran comido en la casa, sabes que tus hermanos y tu madre siempre tienen hambre.
     –Eran muchas vacas, papá. Si las mato a todas luego se pudren. Y si dejo alguna viva, la ven y se dan cuenta de seguro que se la robé a don Miguel. Mejor las destacé y las vendí; al menos les quedó el dinero para ustedes.
     –¡Todo por unas vacas, hijo, todo por esas malditas vacas!
     –No, papá. Todo por sobrevivir; quién le manda a Dios regalarle vacas a unos y hambre a otros –contestó el joven a su padre quien agachado se hundía en un gesto de tristeza.
  

El día que la Muerte murió
     Ese día Rosendo llegó temprano a su casa. Esperaba encontrarse con la noticia de que había fallecido su tío Francisco, después de una larga agonía. Sin embargo aún vivía, y además su salud mejoró notablemente durante su ausencia.
     El médico tan sólo un día antes aseguró que don Pancho, como todo el pueblo le llamaba, moriría en menos de veinticuatro horas.
     “¡Ya ves –dijo Rosendo a su tía Leonora–, mi tío Pancho no se va a morir; él nos va a enterrar a todos! Ese doctorcito no es más que un merolico con título para mentir.” 
     Doña Leonora conocía mejor que nadie a don Francisco, y no era para menos, después de cuarenta y nueve años de matrimonio con él. Ella sabía que su marido se encontraba bajo la sombra de la muerte, pues no existía otra forma de que don Pancho estuviera más de siete horas en la cama, y desde que inició su agónica enfermedad habían pasado dos meses. A pesar de todo y en contra de cualquier pronóstico su esposo mejoró drástica y casi milagrosamente.
     Don Casimiro Siqueiros, el hombre más rico del pueblo y dueño del puesto funerario local, estaba desesperado porque no había vendido ni un solo ataúd. Tal parecía que nadie hubiera muerto en toda la región, durante mucho tiempo.
     En la iglesia, el párroco atendió a decenas de personas que juraban que sus enfermos se curaban como por obra directa de Dios, mientras que en la plaza otros atribuyeron lo que sucedía a fuerzas cósmicas, basándose en la astrología. Todo era confusión; cada habitante contaba una historia sobre el por qué de la ausencia de la muerte.
     Rigoberta, la curandera, dijo: “Éste es un aviso de los espíritus. Están furiosos porque ese doctorcito quiere curar los males del alma con pedazos de cal con nombres extraños, hechos por los enemigos de la verdad.”
      Doña Gracia vociferó altaneramente: “¡Hermanos, el pecado se ha encarnado en ustedes como el demonio en un cerdo y el castigo es vivir en un cuerpo putrefacto sin poder escapar de él! ¡Ingratos! No han sabido agradar a Dios; ¿por qué no son como yo?”
     Don Arnulfo Gándara, el ateo del pueblo, dijo: “Pues si la muerte no viene, yo no cuestiono por qué, mejor aprovecho su ausencia. Ahora que no está, podré salir tranquilamente; no habrá quien me arrebate lo más valioso que tengo: mi vida.”

* * *
     Don Casimiro estaba en la oficina de su funeraria cuando una voz se dejó oír a su espalda tan quedamente que no pudo discernir si pertenecía a un hombre o a una mujer. Se volvió180 grados sobre su silla giratoria para quedar frente a un personaje lúgubre y sin identidad reconocible. Quedó atónito con sus ojos sobre el Ser que parecía no someterse a las leyes del tiempo y no mostraba rastro alguno de su género. Aquello, que no era humano ni animal, dijo cortésmente:
     –Buena noche tenga usted caballero. Soy el errante destino del ser vivo sobre la tierra. Mi dominio durante una infinidad de siglos ha sido absoluto. Me valí, en un principio, de la ingenuidad del hombre; le despojaba de su futuro fácilmente y no tenía defensa alguna. Cuando la humanidad evolucionó obtuvo algunas armas para combatirme y me arrebató infinidad de batallas, llevándose la gloria del triunfo sobre mi influencia. Después me valí de pestes poderosas y traicioneras que atacaban de súbito y aniquilaban antes de un suspiro a su víctima. Pero... Dios decidió reprimir a mi ejército devastador, y las pestes, en su mayoría, fueron enterradas bajo el cieno profundo de las aguas de la historia, hasta el día en que vendrá el Arcángel de la fatalidad, de nuevo, y liberará a mi ejército. Posteriormente utilicé el arma de exterminio más letal: la estupidez humana. Ésa misma que crea por sí sola la ambición, el poder, y genera odios entre razas y provoca desastres bélicos; pero, a pesar de mi principado terrenal de muerte y miseria, yo sólo soy siervo del universo, y éste a su vez, lo es de Dios.
      “Ahora, caballero, he tenido que pasar de ser victimario eterno a víctima eventual. Treinta amaneceres me vi asechado por las más horribles pestes que alguna vez utilicé para cumplir mi labor mortal. Otros treinta días fui víctima de mi más preciado aliado: la guerra. Fui sometido a las más horribles flagelaciones utilizadas en acciones bélicas. Sentí el dolor y el dolor me sintió a mí. Durante esos sesenta días mi influencia fatal dio tregua a la humanidad. Es por eso que, como sabrá usted, en este pueblo, como en el resto de la tierra, ningún ser del reino animal ha muerto últimamente.         
     Don Casimiro respiró profundamente y exhaló todo el aire que pudo. Quería que el terror que sentía se fuera con su aliento expulsado. Sólo entonces, después de exhalar,  dijo:
     –Sé quién es usted. Sé, según lo que me ha dicho, que por alguna razón, que no me atrevo a cuestionar, ha sido víctima de sus propios métodos para quitar la vida.
     Entonces, aquel triste personaje de tan despreciable labor lo interrumpió abruptamente:
     –¡No,  no quito la vida; doy la muerte! ¡Sólo doy la muerte!
     –Sin más rodeos, ¿cuál es su interés en hacerme conocer su identidad y su situación? ¿Es acaso que me ha llegado la hora de abandonar esta vida? 
     –¡No! He venido a solicitarle un servicio. He venido a que se cumpla una paradójica profecía. Usted deberá ocuparse de darme todo el servicio fúnebre; igual como se lo daría a cualquier campesino de los vastos sembradíos de trigo de este valle, después de mi cercano deceso. Además deberá dar la noticia en la iglesia, en la plaza, en cada rincón del pueblo, hasta que corra el rumor por todo el mundo de que... ¡ha muerto la Muerte!

     Y así fue. La Muerte murió. Y tal como lo solicitó previo a su insólita defunción, fue exhibida dentro de un sencillo ataúd económico. La capilla de velación de la funeraria se encontraba, como era de esperarse, llena de curiosos del pueblo y lugares aledaños. La multitud crecía con el pasar del tiempo, ya que la noticia de lo que acontecía en aquella comunidad, que hasta entonces había sido llamada El Camino Real, se expandía a la velocidad de la luz por el resto del estado, y eventualmente todo el país conocía la paradójica buena noticia.
     Cuarenta y ocho horas después el mundo entero sabía que en El Camino Real se encontraba en velación, por no decir exhibición, el cadáver, si así se le puede llamar, de la mismísima Muerte. Dados aquellos inverosímiles acontecimientos el nombre del pueblo nunca más sería el mismo, ahora se llamaría El Edén, ya que allí había nacido, según sus habitantes, la vida eterna del ser humano, y creían además que con la ausencia de la muerte el mundo prosperaría.
     El Edén, como ahora era llamado, pronto se vio invadido por multitudes de todas las razas, credos y nacionalidades. Parecía como si el pueblo fuera el centro del mundo.
     Al paso de siete días, el cuerpo ya putrefacto del difunto de difuntos fue sepultado, mientras miles de personas veían el suceso. Si el mundo entero hubiera tenido cabida en aquel pueblecillo, se hubiese incorporado al espectáculo fúnebre más célebre de la deteriorada historia del universo. Esa noche, la noche del funeral, en todo el planeta se elevaron millones de copas llenas con los mejores licores y con las más modestas bebidas, sólo para brindar por el suceso más trascendente en la historia del hombre. Todos creían que la vida eterna, en un cuerpo eterno, sería el principio del fin de las miserias humanas. El cambio meridiano nocturnal se recibió con gran algarabía. Se oyó por el cielo un estruendo, como el trueno más poderoso que jamás oído humano haya escuchado. Fue el brindis de millones de personas; el golpecito al unísono de infinidad de copas en todo el planeta, seguido de un insensato ¡salud!, expresado en decenas de idiomas y dialectos. Resultaba fantástico y aterrador el brindis masivo, como un rugido apocalíptico, aunque con cierto canto armónico. Se podía respirar en el aire el olor del whisky escocés, del champán de Francia, la cerveza alemana; la fragancia de los fermentos de los monjes de todos los seminarios del mundo; por supuesto que el olor ardiente del tequila mexicano era más espeso que cualquier otro aroma.
     No pasó mucho tiempo para que todos hicieran un vulgar intento de olvidar que alguna vez existió la muerte. En cada lengua existente se modificó el significado del verbo morir, de modo que en los diccionarios podía leerse:

     Morir v: término ficticio que se refiere al final de la vida útil de un organismo.

     Casi todos se encontraban deslumbrados por el engañoso beneficio de la vida eterna en la tierra. Sin embargo, en poco tiempo el suceso mostraría su lado amargo y perverso. De pronto, el mundo entero se vio asediado por innumerables calamidades. Aquel festejo universal, por demás estúpido, fue eclipsado por las más horribles pestes que acechaban indiscriminadamente a seres humanos y animales. Las naciones se levantaban unas contra otras, y no existía alianza alguna entre ellas; sólo había odios recíprocos e injustificados. La lluvia caía infectada de ácido, producto de una atmósfera enferma y agonizante, y carcomía la piel del desafortunado que tuviera contacto con el agua; los mares devastadores se posaban tierra arriba y los valles se hicieron profundas lagunas cenagosas, amargas como el Aqueronte. Las aguas recobraron su antiguo dominio.
     Las personas corrían buscando un refugio y gritaban: ¡Escóndanse, ha vuelto la Muerte con más furia que nunca! Eso hubiese sido mejor, porque aquellos que habían sido carcomidos por las plagas, se levantaban putrefactos, por efecto de las epidemias, descarnados, víctimas del apetito de animales igualmente enfermos y hambrientos. El dolor no había muerto. El dolor continuaba su inmisericorde labor.
     ¡Quiero morir! se escuchaba frecuentemente en voz de aquellas víctimas inmortales, pero no ajenas a la pena de vivir en las condiciones de un muerto. De igual forma imploraban por el regreso de la muerte aquellos que sufrían lesiones que en otras circunstancias hubieran sido mortales. Alrededor del mundo las guerras mostraban espectáculos dignos del mismo infierno, cuando, después de haber sido heridos de muerte, los soldados se levantaban adornados con orificios en todo el cuerpo, con la palidez que sólo un muerto puede tener, y se dolían de sus heridas; aterrados por lo que ocurría pedían a Dios que les brindara el confort de la muerte. Los vientos cálidos arrastraban hedores insoportables, esparciéndolos en cada rincón de la tierra; hedor de la vida muerta.

     Siete años de dolor e incesante tortura pasaron desde aquel día en que la muerte se ausentó de la historia humana para ser sepultada en un modesto panteón de El Camino Real, ahora llamado El Edén. La tierra y el mar, teñidos de sangre, coloreaban el horizonte de un lúgubre color escarlata.
     Al fin la mañana taciturna y gentil dio tregua real al dolor. El alba alumbró la sepultura de siete años del príncipe o princesa de la mortalidad, mostrando que ya no yacía allí, ni lo haría más. Ni un lamento se arrojó al aire, ni un reproche se escuchó; solamente el estruendo de millones de seres vivos, animales y humanos, al derribarse, después de su agonía, más que en el suelo, en su ansiado descanso perpetuo.
     Don Francisco murió en su sanguinolenta cama, mientras su sobrino Rosendo escuchaba en otra habitación el último suspiro de su tía Leonora, suspiro al Dios del cielo entonado con fervorosa pasión. Don Casimiro tenía muchos clientes para su funeraria, sólo que él mismo les acompañaba, en cuerpo y alma, en una oscura fosa común donde ahora comenzaban a echar cuanto cadáver adornaba las funestas calles del pueblecillo, el cual recobró su antiguo nombre: El Camino Real. Cada ciudad en el mundo hacía lo propio con sus despojos humanos y animales. Sólo aquellos que sobrevivieron a las pestes y heridas recibidas en el período de detestable inmortalidad, pudieron ver cómo la Muerte reclamó el derecho a su ahora aliciente reino mortal. Y solamente siete años de miserias y sufrimientos necesitaron para comprender el verdadero significado de morir.


Una tarde como todas

En un mundo de luz toda cosa tiene una sombra que pende de ella.
A.S.M

     Ésta es una tarde como todas. Es cierto que hoy llueve como nunca; también es verdad que su corazón ya no late como ayer lo hacía. Pero es sin duda una tarde como todas.
     El viento agita la calma de los árboles. Los perros y sus ladridos etéreos se esconden de la lluvia como cualquier otra tarde tormentosa. Maximiliano tiembla de rabia, como de costumbre, pues el aguacero mata lentamente su ambición de lograr una cosecha abundante: la lluvia comienza a dañar los sembradíos.
     Doña Catalina ha llenado de paraguas rojos el jardín de su casa, ella piensa que sus flores se disgustan con el agua de la lluvia. Cree, además, que las gotas son lo suficientemente grandes y pesadas para dañar los pétalos de sus hermosos rosales. El color rojo de sus paraguas no es por nada en particular, al menos eso dice ella.
     María se ha vestido hoy de rosa, como siempre lo hace; sólo ayer vistió de un estéril color negro, y sólo ayer lloró casi tanto como yo. Tantos años de amistad que compartió con ella, con mi mujer, se fueron en un segundo. Bueno es ver que arrojó su ropa negra al sótano al igual que su llanto.
     El párroco ha pasado frente a mi casa y se ha percatado que en la ventana yo miraba hacia la callejuela. Me ha saludado tímidamente y se ha agachado, intentando no caer en los charcos que dejó la tormenta.
     Desperté temprano, cuando las estrellas aún ornaban el cielo; me percaté que estaba solo en la cama. Supe que estaba solo en este mundo basto de personas. Al salir de la casa, todo aquél con quien me topaba me saludaba y me decía cosas como: ¡Disculpa, me fue imposible acompañarte! ¡Que la resignación te llegue pronto! ¡Todo es un designio de Dios! Me hubiera gustado, en aquel momento, animarme a decirles que se guardaran sus cosas, yo ya tenía demasiado en qué pensar, demasiado que ajustar en mi nueva vida para poner atención a todo cuanto decían.
     La tarde había llegado. De pronto extrañé la taza de café que a las tres de la tarde invariablemente me esperaba sobre la mesa de nuestra cocina. Hoy no habría taza, ni café, ni alegría; ni siquiera rutina. Tratando de compensar aquello, que desde solamente horas atrás no ocurriría en mi vida, fui a una cafetería. Ahí también recibí una ronda de frases por parte de aquellos que tomaban de sus tazas de café o té negro. La mayoría eran viejos cuyas familias sólo eran recuerdos preciados y motivos de las pláticas que sostenían unos con otros.
     No pude soportar aquel cuadro añejo y enmohecido de charlas terriblemente nostálgicas y de remembranzas; momentos muertos para siempre. Tal vez temía ser parte activa de ese grupo de detractores del presente, enemigos de la alegría y la esperanza.
     Era una tarde como todas y mi vida parecía ser tan distinta a la de unos días atrás. Al salir de la cafetería, nauseabundo, completamente asqueado de la soledad de aquellos hombres, y de la mía propia, miré pasar a una hermosa joven de cuyos ojos irradiaban vida, algarabía y placer. La deseé inmediatamente. La había visto antes, con toda seguridad, y  la deseé ya entonces.  Era sin duda una tarde como todas.
   
     El vapor de la lluvia, que hacía horas había amainado, comenzaba a elevarse, y el pueblo no era muy distinto a una enorme hoya de presión. Doña Catalina quitó los paraguas rojos del jardín. Los guardó en el viejo desván de su casa. Únicamente se quedó con una sombrilla, ya que había decidido ir a casa de Elena, su apreciada amiga de infancia, su compañera  de días sin paraguas y flores, y las nubes ya se habían ido; el sol se mostraba intenso.
     Salió Catalina y desplegó la sombrilla para protegerse de la intensa luz solar, pero el sopor no disminuía. No se percataba que no era el sol el que quemaba, era el residuo de la lluvia que se elevaba invisible y causaba un despiadado bochorno. Sólo era posible ver el vapor si se miraba al suelo y se ponía atención a un puñado de sombras que serpenteaban en dirección contraria al sol. Es necesario ver más de un horizonte para percatarse de algo tan simple; es menester, entonces, ver lo insignificante, y hasta lo sombrío, para sentir certidumbre de lo que acontece y de lo que somos. Doña Catalina se conformaba con sus paraguas y sus flores.
     Maximiliano no era muy distinto a doña Catalina, ambos tenían nobles nombres bendecidos por la historia. Pero eso no tenía mucha importancia, ellos no miraban como lo hace el águila para cazar, para sobrevivir en este mundo donde las fieras más terribles se arrastran por el suelo. Maximiliano se sentía a salvo porque sus siembras no se dañaron tanto con las lluvias. Cuando cesó el aguacero, él se enclaustró en la cantina y festejó la afortunada salvación de su cultivo de algodón. No pensó demasiado que las nubes son libres y lloran donde quieren y cuando quieren.
     Era una tarde como todas. Yo miraba una luz al final de un mundo de tinieblas. Conforme transcurría el día la oscuridad clareaba y mi corazón palpitaba con más calma cada vez. Vivimos tantos años juntos, que aunque el amor era un viejo hito ya casi olvidado, éramos indispensables el uno para el otro. A veces nos odiábamos con ternura indescriptible. Una terrible enfermedad devoró su cuerpo gradualmente; ayer terminó la batalla que ella libró, por meses, con aquel padecimiento: sucumbió. Pidió que fuera sepultada apenas muriera, y así fue.
     La tarde comienza a irse, esta tarde que no ha sido muy distinta a las demás; salvo a que allá, dentro de mí, en lo más profundo, algo dejó de vivir, algo imperativo. Antes de entrar a mi casa he vuelto a mirar a la joven hermosa cuyos ojos irradian vida, algarabía y placer. Me ha dirigido un saludo y yo se lo he devuelto. Se ha parado frente a mí y me ha dicho: "La vida continúa. ¿No ves acaso que éste es un día como todos? Sólo que ella no sufre más."
     Tuve el deseo de tomarla en mis brazos y oprimirla junto a mí para sentir sus cálidos senos. Y allá, en lo más hondo de mi alma, ese algo continuaba muerto, pero mi cuerpo tiritaba buscando verse satisfecho; él no conocía de luto, de tristeza, de pudor; sólo sabía que aquella joven me había tomado la mano invitándome a su cuerpo; a su alma aún no, apenas era el tiempo de la carne. Entramos a mi casa. Mi mente contrariada, torturada entre lo correcto y lo incorrecto, recordaba a la recién ausente. Mi cuerpo, insisto,  no sabía nada de eso, nadie lo educó al respecto, era como un niño imperioso que hace sólo lo que desea, influenciado por ignotas motivaciones.
     Ella soberbiamente desnuda estaba tendida en la cama que tanto disfrutamos mi viejo amor y yo. Pecado o no, mi humanidad no sabe de eso. Por un momento aquello muerto dentro de mí dio un suspiro, pero murió de nuevo, al término del efímero amor carnal. Se vistió y yo lo hice también. Salimos. Mi cuerpo erguido de placer y mi alma atormentada por culpas, herencia de la razón. La noche y su manto estelar eran ya la escena del pueblo. El párroco pasó caminando frente a mi casa, evadiendo los charcos casi secos que dejó la lluvia. Nos miró y sonrió complacido al vernos juntos, y dijo:
     "Bonita noche. Esas nubes ya se han ido."
     Asentí con la cabeza y agregué:
     "Sí, pero siempre vuelven."
     La noche pasó. Dormí poco. Memorias de días felices y tristes reclamaron mi tranquilidad nocturna. Llegada la mañana extrañé el aroma a café que siempre me esperaba al despertar. De nuevo la lluvia empapaba las siembras de Maximiliano. El párroco pasó por la callejuela intentando, inútilmente, evitar los arroyos incitados por la tormenta que corrían cuesta abajo en el empedrado camino; iba cubierto con un paraguas rojo. Más tarde supe que doña Catalina murió muy temprano esa mañana, cuando colocaba los paraguas rojos en su jardín para cubrir sus rosas de las enormes gotas de lluvia veraniega. Sólo le faltó colocar un paraguas. La encontraron tendida en el césped al lado de un rosal desprotegido del aguacero, y junto a ella estaba la sombrilla aún no enterrada. Alguien llamó al párroco. Al llegar, el religioso ofreció la extremaunción a la dama muerta; después de bendecirla tomó el paraguas tendido a un lado del rígido cuerpo sin vida de doña Catalina, y le dijo como si aún viviera: "Me llevo el paraguas. No he traído nada para protegerme de la lluvia. De cualquier forma, al rosal no le viene mal una regadita."
     Maximiliano ya no se preocupó por la lluvia. Comprendió que había cosas más importantes que una buena cosecha. Al menos él estaba vivo. Lo mismo pensé yo todo aquel día. ¡Al menos estoy vivo! María se puso un bello vestido azul cielo; se olvidó definitivamente de la ropa negra y tal vez de la ropa rosa.
     Aquella tarde fue una tarde como todas para casi todos, excepto para doña Catalina y sus flores.

La lluvia
      Una mujer triste, lánguida, con el reflejo tenue de la primitiva luz de una vela sobre su rostro, sollozaba en silencio mientras hablaba con su pequeño hijo enfermo, cuya voz se extinguía con cada palabra:
     –Mamá, ¿por qué la lluvia cae del cielo mojando todo lo que está a su paso?
     –Es tan sencillo explicar eso de la lluvia: no hay más que ver cuantos ojos nos miran desde el cielo. Ésos que están arriba en el cielo, los que ya murieron, hacen un agujerito en la manta celeste, acomodan uno de sus ojos en él, y cuando ven todas las barbaridades que hacemos no pueden evitar que sus lágrimas caigan a través del agujero y lleguen hasta nuestro pedazo de tierra  –explicó la madre.
     –Pero... ¿De quién son esos ojos tan bellos y luminosos? –inquirió el niño.
     –Pues, son los ojos de tu papá; los de tu abuela, de tu hermanito, de tu amigo Juan; también de tu perrito y de algún señor que murió solo y olvidado.
     –Mamá, ¿algún día mi llanto será lluvia? ¡Eso me gustaría muchísimo!
     –Sí, hijo. Pronto tendrás la fortuna de regar los más hermosos jardines, como esos de las casonas de los ricos.
     –¿Tú también regarás las flores, los árboles y le quitarás la sed a todos los animales con tus lágrimas?
     –No, hijo. Yo no… A mí ya se me secó el llanto hace mucho –repuso la mujer con su rostro agachado, intentando esconderse de la mirada de su hijo.
      Entonces ella levantó al pequeño en sus brazos y lo recostó en su camastro de paja, que más bien parecía un nido, refugio de la pobreza. Le cantó una dulce canción y le besó la frente con tanto cariño que parecía despedirlo para siempre. Y el niño durmió…
      La mañana siguiente, desde muy temprano, la lluvia empapó las hierbas del campo y aniquiló el bochorno causado por el sol. La mujer salió de su choza y gritó, mirando al cielo, lo más fuerte que pudo haberlo hecho, gritó con su alma:
     “¡Llora, hijito, llora para ver si tu llanto riega mi corazón y crece en él la esperanza de volverte a ver!”


Cavilaciones de un Corazón
     Hoy he dejado de sentir ilusión alguna. Soy de los primeros en haber llegado a este lugar y nunca he descansado un solo instante. Si acaso por las noches el ritmo de mi vida deja de tener aquella vertiginosa velocidad. Algunos dicen que no siento dolor; ¡cuánto se equivocan! Antes, al menos creían en mi virtud de amar, de apasionarme y brindar lo más puro y grandioso que puede existir, pero hoy, sólo soy considerado el engrane de un mecanismo frío y estéril. He comenzado a fastidiarme de tanto trabajo. Un par de veces intenté relajarme y dormir, un poco al menos, pero no me lo permitieron; me golpearon severamente, como si hubiera cometido el más atroz de los pecados, cuando solamente quería tomarme un breve descanso.
     ¡Recuerdo mi juventud!, nada paraba mi veloz carrera; pero poco a poco mis ánimos fueron menguando, hasta que mi vida fue lenta. ¡Ah, cuando me enamoré, cuánta fuerza sentí! Mi sangre se aglomeraba en mis arterias… ¡Y se atreven a pensar que no tengo capacidad de amar! Si existe alguien que sabe lo que es el amor, soy yo. Por eso ya me he cansado. Por eso deseo solamente dormir; ya no quiero caminar, amar, sufrir, temer, ansiar y todo lo que resulta de vivir en este mundo.
     Si me preguntaran algún día, cuando ya haya muerto, qué fue lo que más disfruté en esta vida, contestaría, sin duda, con plena convicción: "el amor", eso es lo que más disfruté. Con el amor aprendí todo lo que en la vida se puede aprender. Aprendí que hay felicidad. Conocí plenamente el dolor, la desilusión y la esperanza. Aprendí qué era el odio, sentimiento que cansa y envejece. Me familiaricé con el fracaso; es difícil soportarlo, por cierto. ¡Cuánto me torturó el miedo!, casi tanto como la incertidumbre: dos gotas del mismo cántaro. La tristeza fue fiel a mí, y confieso haberla disfrutado tanto como disfruté la felicidad. ¡Cuántas cosas he sentido, aun cuando hay quienes no creen que yo pueda sentir!

     Si me ofrecieran una sola cosa antes de morir, sin duda pediría sentir de nuevo amor; esa vitalidad que me da el amor hace que por segundos sienta la necesidad de ser eterno; luego me vuelve la sensatez y me olvido de esas locuras. ¿Eterno? ¡Quién quiere ser eterno! Yo no. Por eso ya me he cansado. No me he alimentado como de costumbre y me siento débil, enfermo. Creo que esta misma noche dejaré de latir.
     El médico seguramente dirá: "Murió de un paro cardiaco", y de cierta forma tendrá razón, pues he decidido detener mi andanza. Un corazón viejo ya no le teme a la muerte. Lo siento por quienes dependen de mí, pues ya no les brindaré sangre e irremediablemente morirán conmigo, a no ser que los médicos contemplen suplirme con una hojalata impostora. No hay como un corazón de carne que siente por sí solo, aunque digan lo contrario.


Rogelio Duraltti: un pintor y su obra
     Cuando nació fue un niño robusto, rojizo como los atardeceres del noroeste del país del águila hambrienta. Era la ilusión encarnada, el pequeño icono de amor, de la hermosa Alicia y el paciente Manuel. Ellos habían pasado los seis años anteriores juntos, y decidieron no casarse, pues les parecía una treta legal aquel asunto del matrimonio. Manuel solía decir: "¡Con ese papelito todo se convierte en interés; y eso de la iglesia es como un clavo en la cabeza!" Alicia no decía nada, aunque sin duda lo pensaba.
     Una tarde, Alicia dijo a Manuel que pronto serían padres; hacía cuatro años que lo esperaban, pero la naturaleza no se los concedió hasta entonces. La ilusión llegó de nuevo: tendrían un pequeño.
     Alicia padeció un difícil embarazo, postrada en la cama, inmóvil y temerosa de perder a su hijo que jugueteaba aún en el vientre materno. Quedó en coma durante el alumbramiento, exánime como la piedra en la orilla del río: dos meses más tarde murió. Los médicos atribuyeron su muerte a la luna. La noche en que nació el tan esperado niño, la pequeña ciudad, llena de habitantes supersticiosos, se veía radiante bajo el haz de la luna llena.
    Manuel quedó solo con su hijo. Pensó alguna noche, en la oscuridad, mientras el niño dormía profundamente: "Nunca nos casamos. ¿Y si existiera un infierno? ¿Y si ya se le ha juzgado por nuestra unión ilegítima ante Dios? Quizás ahora ella gime y llora de dolor en el infierno… ¡No, no pienses más; ella descansa y nada más que eso!"  Y veía a su hijo, y encontraba en él un universo extenso e inagotable, veía en sus ojos la naturaleza inmaculada, al hombre sin prejuicio, como debiera ser; a Dios.
     El niño fue llamado Rogelio. Lo amó con amor de padre y lo adoró con cariño maternal. Le enseñó lo que la vida puede aparentar y lo que es, sutil diferencia. Rogelio creció ágil, brillante e increíblemente viril. Comprendía bien lo que toda ciencia ofrece, pero el arte, ciencia olvidada, le infectó el alma y la razón.
     En sus días de juventud, Rogelio escribía cartas de amores fingidos a cuanta joven hermosa le fuera posible seducir y ellas no se negaban a él. ¡Qué mujer se negaría al prototipo del hombre valeroso, ingenioso, inocente, perversamente gentil; al tipo de hombre imperioso que brinca murallas de un salto y seduce mujeres con un par de frases. Gustaba de la pintura. Se deslizaban virtuosas sus manos sobre el lienzo. Cubos, mundos abstractos, todo podía plasmarlo en la tela.
     Tenía veinte años cuando Manuel, su padre, murió de cáncer en la piel. Él decía que el cáncer lo tenía en el alma desde que su amada Alicia murió veinte años atrás y que moriría pronto, y le sobrevivió, no obstante, dos décadas.
     El joven Rogelio supo cómo sobreponerse a tan terrible pérdida. Pintó y pintó hasta que en su casa no tuvo cabida ni el más pequeño de los cuadros; tuvo que deshacerse de ellos vendiéndolos. Fue así que inició su trabajo como pintor, como artista profesional. Gracias a que su progenitor le heredó dinero suficiente para sus necesidades y deleites, y a los ingresos de sus trabajos artísticos, terminó desahogadamente sus estudios en la escuela de arte, donde le fue concedido un empleo como profesor y asesor de pintura y artes plásticas. Era feliz de nuevo. El tiempo le había ofrecido el alivio al dolor de la pérdida de su padre y de la ausencia de su madre. A Dios no le había necesitado nunca, pensaba él. Sus rezos nocturnos los dirigía a sus cortejadas, a sus jóvenes amadas o deseadas. No creía más que en él mismo y tal vez en la virtuosidad de sus manos.
     El joven profesor de pintura creció como artista y como hombre. No eran extraños los rumores de sus relaciones amorosas con las alumnas de la escuela de arte; no importaba, el gran Rogelio Duraltti era un artista y es conocida la extravagancia y ocurrencia del poeta, del músico, del pintor, de todo gran creador.
     Un verano hirviente y rojizo como aquél cuando él nació, una nueva alumna ingresó a la escuela de arte. Rogelio la miró en el comedor, desde lejos, pues esperaba su almuerzo en el reservado de los maestros y la joven estaba en el área estudiantil. No probó bocado alguno esa mañana. Sus compañeros le observaron distante, perdido, como podría alguien imaginar a un pintor ensimismado frente a su obra maestra. Aquella mujer no podía ser menos que un espejismo de sus deseos más grandes. Y si era real, entonces quedaría justificado el por qué tantas culturas, como la griega, vieron en sus mujeres a diosas. Dado a que la joven no estaba inscrita en su clase, indagó sobre ella los siguientes días. Ella existía, definitivamente; no la había soñado. Era un ser humano tan bello, como debía ser imperfecto, al igual que él. Rogelio no vio, en algunos días, a la joven que tanto le inspiró. La escuela era de numeroso alumnado y no era conveniente indagar de forma impropia.
     Una tarde oscura y lluviosa, como aquellas que causan tristeza en los poetas, Rogelio salió de su aula, donde había enseñado a sus alumnos la técnica del óleo. Muchos jóvenes estudiantes estaban en la salida de la escuela y esperaban que menguara la tormenta. Entre la muchedumbre de jovenzuelos impacientes, miró a una hermosa diosa. Era ella; era la joven estudiante que lo había cautivado, cuya humanidad logró hacerlo pensar que existía la belleza absoluta, aunque esta cavilación sólo fuera una idea delirante como el amor. Se le acercó. Se miraba como una diosa, olía como un jardín; pero Rogelio recordó que solamente era una mujer, que podía hablarle, tocarla, poseerla; hermoso fin le deparaba en su futuro: había que conquistarla hasta seducir su más íntimo sueño. De manera por demás fortuita, dos días antes se había enterado que su nombre era Leila. Caminó hacia ella sigilosamente, como un felino se aproxima a su presa. La joven se percató de su cercanía, pero ignoró su intención.
     –Hola –saludó Rogelio.
     La joven fingió sorpresa, pero ya había adivinado sus intenciones.
     –Hola –respondió Leila, tratando de no darle demasiada importancia al saludo.
     –¿Eres nueva aquí?
     –Sí, hace un par de semanas que llegué a la ciudad y me inscribí en el instituto.
     –¡Bienvenida seas! ¿Cuál es tu nombre? –inquirió Rogelio, aunque ya lo sabía.
     –Leila
     –¡Hermoso nombre, como tú misma: Leila!
     –¡Vaya! El gran artista Rogelio Duraltti cree que mi nombre es hermoso: el tuyo suena ya en la capital, ¡eso debe ser más hermoso! –comentó Leila.
     –Serías una insigne musa para mis obras.
     –¿Acostumbras a cortejar a las alumnas de la escuela?    
     –¡No!, hasta hoy. No puedo dejar de admirar tu belleza.
     –Ha dejado de llover; es mejor que me vaya.
     –¿Puedo acompañarte? –preguntó Rogelio.
     –No es prudente. ¡Hasta pronto! –se despidió la estudiante mientras el pintor la miraba absorto con su caminar.
     En los siguientes días Rogelio no pudo charlar con ella. Estuvo abstraído, enajenado, durante esos días; sólo pensaba en su encuentro. No tenía dudas, continuaría. Debía obtener el interés de la hermosa estudiante. No había otra cosa más qué hacer: tenía que lograr que Leila lo amara como él ya sentía que la amaba.
     Rogelio creía en el amor instantáneo: “Por qué no habría de existir el amor instantáneo, si todo, hasta lo más absurdo, es instantáneo en estos tiempos.” Además recordó que lo había experimentado con algunas pinturas: una tarde, quince años atrás, cuando visitó una galería en la gran capital, tuvo el placer de mirar una exposición de Salvador Dalí, el gran excéntrico de mostacho caricaturesco. ¡Qué deleite fue para él admirar aquellas imágenes! Fue como enamorarse a primera vista. Fue en esa exposición donde decidió ser pintor, ser un gran pintor, el más grande de su patria. Y poco a poco lograba su cometido. Su nombre, en exposiciones a lo largo del país, era respetado y era ensalzada su virtuosidad. Pero aún no llegaba una obra maestra, la que lo consolidaría como un grande en su arte. "Ya llegará", pensaba.
     Leila se fascinó con la personalidad de Rogelio. Era aun más enigmático de lo que pensó. En su encuentro con el pintor intentó exitosamente no mostrar signo alguno de inquietud; le respetaba demasiado como para no turbarse al verlo a su lado, al oír su voz; pero logró controlarse y mostró un cierto desdén, hecho que la angustiaba constantemente porque pensaba que había exagerado. Tal vez no debió haberse mostrado tan desinteresada hacia el artista, cuando en realidad aquel encuentro significó mucho para ella. Leila se torturaba al imaginar que Rogelio podría no querer tener otro encuentro con una mujer, en este caso ella, que no le diera su debida importancia. Pero pensaba también en lo que le dijeron en su momento, tanto su madre y sus compañeras de la escuela secundaria: "Debes mostrar poco interés; los hombres le dan más importancia a las mujeres que se dan su lugar."
     Una mañana, en uno de los descansos entre clases, tuvieron otro encuentro. En esta ocasión los dos se buscaron, y se hallaron. Charlaron tanto que Leila no entró a su siguiente clase y Rogelio fue a pedir a sus alumnos que practicaran la nueva técnica que les había enseñado, mientras él arreglaba unos asuntos. La plática pasó de ser un simple saludo de cortesía a un profundo análisis pictórico del realismo, cubismo y expresionismo.
     Tres semanas después, era tal la confianza de Leila hacia Rogelio que ella lo visitaba en su casa. Fue ahí, en casa del artista, que su relación pasó de la amistad a una relación amorosa. Una noche en que Rogelio ofreció a Leila un par de copas de vino y miraban un libro con fotografías de pinturas célebres, ella lo miró fijamente y él le correspondió acercando su rostro al de la joven y la besó. La pasión fue tanta que en el momento se entregaron uno al otro. Siempre recordarían aquel momento.
     Rogelio era feliz, tanto como Leila. Las autoridades de la escuela, al percatarse de la relación, pidieron al pintor que fuera discreto, ya que no sería bien recibida, en caso de que se divulgara, la noticia de que un maestro del instituto sostenía una relación amorosa con una alumna. Aunque ella era mayor de edad y no existía ningún impedimento legal para su relación, ambos decidieron acatar las recomendaciones; conservarían aquello en secreto, o al menos en moderada discreción. A pesar de lo obvio de su unión, no corrieron rumores mal intencionados; eran felices y se amaban, no había duda.
     De pronto, la popularidad del pintor creció debido a una exposición de su obra efectuada en el extranjero. Tuvo que dejar la escuela y dedicar su tiempo a viajar de ciudad en ciudad para asistir a sus exposiciones. Su novia lo extrañaba durante los frecuentes viajes, pero no le reprochaba sus ausencias. Ella sentía placer en el goce de su amado. El ajetreo del éxito y los constantes traslados deterioraban la salud y el ánimo del pintor, quien de la noche a la mañana aparentaba más edad de la que tenía. En un año envejeció y su mirada se hizo sombría. Charlaba y reía menos, pero cada vez pintaba más. Cuando estaba con Leila sólo hablaba de cuadros, caballetes, lienzos y óleo. Ella, que amaba pintar, dejó la escuela de arte; sentía que comenzaba a odiar la pintura y todo lo concerniente a ella. Adoraba a su prometido, pero esa ramera, la pintura, se lo quitaba. Para Leila pintar era divertirse, soñar y relajarse; para él morir lentamente, ataviado por pinceles, lienzos, caballetes y por mercaderes de cuadros que lo flagelaban con subastas y costos.
     Rogelio decidió descansar de la pintura, las exposiciones y de los representantes artísticos. Poco tiempo después le pidió a Leila, sin solemnidad, mientras almorzaban, que se casaran. Ella aceptó y pensó que sería una forma de sacarlo de la enajenación que le causaba su arte. Antes de la boda Rogelio sintió la necesidad de ganar dinero, por lo que después de un muy breve descanso, volvió a trabajar en sus cuadros, y el ajetreo de las exposiciones volvió a ser su modus vivendi. Leila llegó a creer que no se casaría con su prometido. Tenía sueños recurrentes en los cuales su artista se enamoraba de una heroína, pintada por él mismo, y a ella la despreciaba.
     Se casaron en una sencilla ceremonia, a la que no asistieron los padres de la novia, por su desacuerdo con la unión. Rogelio siguió en sus exposiciones por todo el país. Ella lo acompañaba pocas veces; odiaba viajar. La gran obra que Rogelio esperaba aún no se presentaba. Esto frustraba al artista, tanto que su carácter se fue ensombreciendo cada día más. Por otra parte, los viajes y los trámites que le eran requeridos para presentar sus exposiciones lo aturdían demasiado, aun cuando la mayoría de este trabajo lo realizaban sus representantes. También él, como Leila, por momentos sentía que odiaba la pintura, pero terminaba por dominarlo aquel fuego que consume el alma de los grandes artistas. Su espíritu comenzaba a extinguirse en una angustia que no le permitía dormir.
     Después de tres años de matrimonio, su mujer, aun deseándolo más que nada desde el primer día, no podía quedar preñada. Rogelio no pensaba demasiado en ello, sin embargo, a veces lo soñaba despierto. Imaginaba a un pequeño pintor que lograse lo que él, su padre, no había logrado. Entonces despertaba de su delirio, aterrado, pensando en que ya comenzaba a aceptar la posibilidad de no llegar a ser el gran artista que soñó y deseó ser desde temprana edad. Ya no podría ser el inmortal Rogelio Duraltti, el eterno pintor, el Maestro cuyo nombre consagraría la historia. Tal vez su hijo sí lograría su utópica fantasía. "¡No! Yo seré grande; no hay lugar para el fracaso y la pusilanimidad", se decía sacando fuerzas de su miseria.
     Una tarde, cinco años después de su unión, Rogelio y Leila se dirigieron a las afueras de la ciudad, a petición de ella. Le explicó que tenía algo importante que decirle, antes de su próximo viaje a una exposición. Caminaron tomados de la mano; ella lucía hermosa, más radiante que de costumbre. Sus ojos brillaban, irradiaban lo que a Rogelio le faltaba: vida. Él, miserable, lánguido, corvado; una sombra del gallardo joven de años atrás, era llevado de la mano por su dama, como un niño inerme. Subieron la pendiente rocosa que gustaban visitar cuando los ojos de Rogelio aún brillaban, cuando miraban soñadores el crepúsculo de esas cálidas tierras. Llegaron a la cima del risco, ella le tomó ambas manos y le pidió que mirara a sus ojos fijamente. Él lo hizo. Luego de un breve silencio Leila, con soltura y solemnidad, le dijo:
     –Rogelio, por fin tendremos un hijo: ¡estoy embarazada!
     El rostro del pintor no mostró expresión alguna. Volvió la vista hacia el paisaje rocoso que mostraba el descendente risco; luego de unos segundos balbuceó:
     –¡Qué miseria! ¡Y ese niño tiene que cargar con un fracasado como padre!
     Ella le miró y repuso:
     –¡Eres un gran artista; eres reconocido! No nos hace falta dinero; ya has juntado suficiente. ¡Puedes volver a dar clases en la escuela, como antes lo hacías! Nuestro hijo estará orgulloso de ti, como yo lo estoy.
     –¡No es suficiente! –gritó Rogelio soltándose de los brazos de su mujer que lo sostenían–. No he logrado pintar una obra que me inmortalice.
     –Tu hijo te inmortalizará, perpetuará tu sangre y la mía –replicó Leila.
     Entonces ella le tomó del brazo. Rogelio se soltó empujándola para librarse de sus manos. Leila resbaló y cayó por la inclinada pendiente de la rocosa cima. Él trató desesperadamente de evitar su caída, pero Leila se desplomó irremediablemente. Rogelio bajó hasta donde el cuerpo de su esposa y se encontró con el horror de que estaba destrozada; deshecho su rostro y su cuerpo por las cortantes piedras del risco; estaba muerta. La miró espantado, y no se movió de su lado. Pasaron muchas horas y empezó a oscurecer. Los ojos de Rogelio ya no mostraban el espanto de horas antes, ahora reflejaban una carencia de vida, como nunca antes habían mostrado; se hubiese podido decir que mostraba menos vida que un mediocre retrato sobre un viejo lienzo.
     Ya entrada la noche, se puso de pie, miró el cuerpo sin vida de Leila, tocó su vientre y casi desfalleció de dolor en aquel instante, pero pronto su rostro retomó su inexpresividad. Cargó el cuerpo de su mujer y trabajosamente lo puso entre la maleza que predominaba en la parte inferior de la falda del cerro pedregoso. La escondió, según pensó, de los animales carroñeros que podrían profanar el cadáver.
     Se alejó lentamente con la mirada perdida en otro mundo, mundo prohibido a los vivos. Al llegar a su casa, tomó un cuchillo, un par de frascos grandes, algodón, una pala y una linterna. Puso todo dentro de un costal grande y partió a donde yacía el cuerpo de Leila. Ya era noche y no había nadie que lo mirara en las calles de la pequeña ciudad.
     Al llegar al lugar, comenzó a cavar hasta lograr corromper la dura tierra pedregosa. Consiguió, pues, escarbar una fosa suficientemente amplia para meter el cuerpo de su esposa. Luego se sentó a esperar el alba. Cuando el sol refulgente apareció entre los cerros lejanos, sacó del costal el cuchillo y le cortó las venas de la yugular al cadáver de Leila; vertió la sangre que de ella brotaba en uno de los frascos. Como el corazón muerto de su joven esposa no latía, era difícil obtener el líquido, pues no había presión que lo indujera a salir del cuerpo. Sin embargo, se las arregló: con el algodón obtuvo la sangre que se asomaba por las heridas y lo exprimió una y otra vez en el recipiente.
     Rogelio enterró el cadáver de su mujer, y mientras lo hacía lloraba amargamente; no pudo contenerse, no pudo evitar imaginar a su hijo muerto en el vientre de Leila. Trató de limpiar las manchas de sangre que cayeron en sus ropas durante el macabro proceso, sin conseguirlo del todo. Se marchó. Cruzó las calles de la ciudad con el costal al hombro, sucio y desgarbado. Al abrir la puerta de su casa se encontró con media docena de sobres y recados; sin duda sus representantes artísticos lo buscaban; tenía el compromiso de viajar, esa misma noche, a la ciudad donde se realizaría su próxima exposición, y al no hallarlo deslizaron las cartas bajo la puerta. Poco le importaba eso y cualquier otra cosa. Entró a su estudio, colocó un caballete y un lienzo enmarcado. Tomó el frasco donde vertió la sangre y lo abrió. Buscó varios pinceles y hundió uno de ellos en el recipiente. Y comenzó a pintar en el lienzo los contornos de un busto cuyas rudimentarias facciones lentamente fueron adquiriendo la imagen de una mujer, mujer que mostraba una larga y lacia cabellera. Aquella imagen indefinida, pintada con la sangre del frasco, fue retocada con pinturas vivas de colores exquisitos y contornos excelsos. Una belleza singular mostraba aquel retrato; al cabo de horas de trazos, pincelazos de ornamento, pasión, dolor, recuerdos e incertidumbre, no cabía la menor duda que la dama del retrato era Leila; y no había duda que la misma Mona Lisa hubiera envidiado su viveza y singular hermosura.
     Cuatro días después, los representantes de Rogelio habían ido a buscarle por cada rincón. Ante su infructuosa búsqueda, dieron parte de la desaparición del pintor y su esposa al departamento de investigaciones de la policía. En las indagatorias de los oficiales, un vecino de la pareja dijo haber visto a Rogelio caminar desaliñado y en extremo sucio por la calle, con un costal, y aparentemente con su ropa manchada de pintura roja, ennegrecida. "Cosa no rara para un pintor de casas, pero no para un pintor de estudio", comentó el vecino de los Duraltti. Las autoridades tuvieron que esperar un par de días más y dada la extraña ausencia de los dos se procedió a obtener una orden para entrar al domicilio del matrimonio.
     Mientras en las afueras de la ciudad se buscaban indicios de cualquier accidente del cual pudieron haber sido víctimas, las autoridades se disponían a abrir la casa del artista y su mujer.
     El cuerpo sin vida de Rogelio fue hallado en las faldas de un risco; se había arrojado al vacío, según concluyeron los peritos policíacos. Encontraron también el cuerpo de Leila enterrado a no más de diez metros de donde yacía el artista.
     Cuando entraron a la casa, desconociendo el hallazgo que otros agentes policiales habían hecho de los cuerpos sin vida de la desdichada pareja, los oficiales, los padres de Leila, que habían sido notificados por la policía, y los representantes de Rogelio, percibieron un hedor a podredumbre. Se dirigieron al lugar del cual provenía la pestilencia. Entraron entonces al estudio de Duraltti, infestado de carroñeras moscas que volaban de un lado a otro, como en una cínica danza de la muerte;  miraron, maravillados, el retrato de Leila cuya imagen deslumbraba aun al más exigente crítico del arte pictórico. Descubrieron que el hedor provenía de un par de frascos casi vacíos, que contenían alguna sustancia al parecer orgánica. Un oficial se acercó el recipiente a la nariz, lo olfateó meticulosamente y dijo: "¡Esto es sangre!" Los padres de Leila casi desfallecieron, mientras los policías se preguntaban qué ocurría allí.
     Uno de los representantes artísticos de Rogelio dijo: "¡Esta pintura es oro, es sublime!" El otro representante comentó fascinado: "¡Es como si hubiese tomado el alma de Leila y la hubiese puesto en el lienzo: ¡es inmortal!" En ese momento un oficial entró en la casa y les dijo que habían encontrado los cadáveres de ambos a las afueras de la ciudad. Los padres de Leila lloraban desconsoladamente, mientras los demás se rompían la cabeza tratando de saber qué había ocurrido. Uno de los representantes del pintor dijo entre lastimeros sollozos: "El gran Rogelio ha muerto, pero su obra es inmortal y la ha inmortalizado a ella."
     Al acercarse al retrato, todos se percataron de que a lo lejos de la imagen de Leila, en el segundo plano, había otra pequeña imagen: era el retrato de Rogelio, quien cargaba en sus brazos a un pequeño niño robusto y sonriente.


Las manchas de sangre
     Cada noche, cuando él llegaba a su casa agobiado, exhausto del día y sus vicisitudes, al pararse frente al umbral de la puerta veía en el escaloncillo de la entrada una manchita de sangre. Sangre viscosa, negruzca, como de horas de haber sido vertida allí. Ante su cansancio habitual poco le interesaba averiguar al respecto, sólo las primeras tres o cuatro noches le preocupó el asunto. Después pensó que era una quimera incitada por su agotamiento. Eso pensaba, porque cada mañana, cuando se levantaba a limpiar, la mancha viscosa de hemoglobina ya no estaba. La volvía a ver por la noche al regresar del trabajo, abatido como un guerrero después de una atroz y devastadora derrota.
     Había pensado mil cosas sobre la manchita de sangre. Inventó decenas de historias sobre su procedencia, sobre su aparición en las noches y su ausencia por la mañana. Pero todo le parecía como un sueño, un delirio nocturno, por eso realmente nunca le puso demasiada atención.
     Su vida no era en lo mínimo alegre. Pero él, no se consideraba el retrato de la melancolía; no era el sonriente más insigne del orbe, ni del país, ni de la ciudad; quizá ni de su casa, aun cuando vivía solo. Pero tampoco era el triste más patético que podía existir en el mundo; recordaba haber visto a un par de sujetos más miserables que él mismo; ¿no era, acaso, más lastimero Pascual, el indigente que mendigaba frente a la iglesia, con sabrá Dios cuantas desgracias sobre sus hombros; o don Rogelio Alcurnia, quien se desvivía en la cantina llorando, desde que su joven esposa lo abandonó? A él nadie lo había abandonado, siempre vivió solo, pues ni a su madre recordaba, si es que la tuvo; pensaba en ocasiones haber nacido del aire o florecido de la ceniza como una imitación de mal gusto del Ave Fénix. Eso le confortaba, y le animaba, además, no tener que limpiar la sangre por la mañana, ya que para ese momento desaparecía como por un sortilegio matutino. No le importaba demasiado que cada noche de su vida viera la mancha ensuciando la escalerilla de la puerta de su casa, siempre y cuando no tuviera que limpiarla; se desvanecía sola, se esfumaba al amanecer.
     Estuvo enamorado un par de veces, como cualquier otro durante su vida, o al menos eso creía él. Pero hacía muchos años que ese sentimiento ridículo, como ahora pensaba, no le emponzoñaba el cerebro y todas sus funciones: de razonar, sentir, imaginar y actuar. De cierta manera, su mayor distracción, aparte de su fastidioso empleo, era ver que la mancha de sangre apareciera en su lugar cada noche y desapareciera a la llegada del alba, cuando él se despertaba para vestirse y partir a sus labores cotidianas.
     ¿A qué hora aparecerá exactamente? ¿En qué momento se desvanece? Eso se preguntaba ociosamente. Le intrigaba sobre manera cómo era que llegaba allí aquel blasón de suciedad roja, pero no le quitaba el sueño esa incertidumbre, pensaba que cada cosa tiene su función en el mundo: esa efigie de desecho escarlata debía tener la suya.
     Una noche, como de costumbre, vio el manchón en su lugar, cosa familiar para él; pero al entrar en la casa observó con extrañeza otras manchas de sangre decorando el piso de la sala. Eso de alguna manera lo inquietó; una cosa era tener una mancha todas las noches en la entrada de la casa y otra tener varias en el interior de su hogar, en su piso. Sin embargo decidió no preocuparse demasiado y se fue a dormir a su recámara pensando que, al igual que la otra mancha de siempre, éstas se desvanecerían por sí solas. No obstante, al amanecer se encontró con el horror de que las manchas sanguinolentas del piso de la sala aún estaban ahí, aunque la turbia mácula de la escalerilla había desaparecido como usualmente ocurría. Las manchas eran ya un lunar café oscuro, más que rojo: sangre seca, sin duda.
     Buscó inútilmente por toda la casa qué o quién pudiera haber derramado el líquido orgánico que pintarrajeaba el suelo. Nada había. Ni animales, ni personas; nada. Tal parecía que las manchas eran producto del viejo arte de la nigromancia. Quizá era su imaginación, pensaba.  Pero esa mañana tuvo que limpiar con sus propias manos las huellas sanguinolentas, mientras olfateaba el olor ferroso que arrojaba aquella suciedad al ser removida con agua, como advertencia de que existía, como señal inequívoca de que, efectivamente, era sangre. Era una mancha de sangre que ahora no se conformaba con ornar la entrada de su casa sólo por la noche, ¡no! Ahora se tomaba el privilegio de meterse al interior de la sala a posarse sobre el piso. ¡Y el colmo de la ironía!, amanecer sin haberse desvanecido sola, antes de la canícula. ¡Qué desfachatez de mancha de sangre! ¿A qué insolente pertenecería aquel líquido impertinente?
     En los días consiguientes la sangre lo esperaba en la entrada y en el interior de la sala. Poco después adornaba brumosamente los azulejos del baño y la regadera. El colmo fue, según pensó, cuando las sábanas blanquecinas de su cama, hasta entonces inmaculadas, amanecieron rojas del cínico líquido.
     El día que desbordó su paciencia aquel manojo de manchas, fue cuando en su oficina, sus compañeros le preguntaron, bastante preocupados, qué le ocurría. Él preguntó por qué; ellos sin hablar señalaron con los dedos índices el piso bajo sus pies. Entonces vio aquel horror: una fastuosa y enorme mancha, una docena de suelas de zapatos impresas con el indeleble tinte rojo de la sangre que mostraban sus pasos dispersos por la oficina. Se sintió aturdido y avergonzado, aunque no sabía exactamente por qué.
     Todos sus compañeros se alteraron mucho, él se encolerizó y terminó peleándose con ellos. Pero su rabia era sólo para disimular su vergüenza ante aquella aparición impertinente. Esa maldita sangre que me persigue, pensó.
     Dejó de ir a la oficina por miedo a las burlas. Creía que en una semana sería olvidado lo ocurrido, y entonces volvería; ya para ese momento las bromas sobre el asunto serían sólo ligeras risillas, todo volvería a la normalidad.
     Pero, contrario a lo que esperaba, en su casa las manchas fueron apareciendo en más lugares y más abundantes que antes, casi en cualquier parte en que estuviera parado, sentado o recostado. Estaba seguro que era algún tipo de nigromancia.
     Tenía seis días sin ir a la oficina. Para ese momento le era necesario tener a su lado un buen número de sábanas y paños para intentar limpiar algunos de los charquitos escarlatas que aparecían por toda la casa. Ya no quería salir. Temía que por donde caminara las manchas aparecerían como un río espectral cuyo cauce iría, invariablemente, hacia donde él se desplazara.
     Un día llamaron a su puerta con vehemente insistencia; no abrió. Su casa estaba completamente roja, el hedor era insoportable. El piso estaba manchado, al igual que la cama, sus ropas, las paredes, y él mismo; semejaba un cachorro recién librado del vientre de su madre: sangriento y desgarbado. Ya no tenía fuerza para moverse. Tal vez si no había abierto la puerta, cuando a ella tocaron, no fue por pena de que lo vieran en esa condición tan lastimosa, fue, quizá, porque no pudo ya levantarse de su lecho, o dicho de mejor forma, de aquella esponja sanguinolenta que fuera días atrás su cama pulcra y blanca.
     Más tarde tocaron de nuevo, y con más insistencia, pidiendo una voz exigentemente que abrieran al instante. Ante la negativa, un par de golpes fuertes y sordos hicieron que la puerta cediera y quedó abierta de par en par. Al menos media docena de oficiales policíacos entraron empuñando sus armas; con movimientos precautorios volteaban de un lado a otro. Quedaron perplejos al sentir el pegajoso piso. Miraron al suelo para ver qué hacía a sus zapatos pegarse a él: era sangre,  seca,  pútrida, fresca; de mucho antes de ayer, de ayer y de hoy. El olor era irrespirable. Ya desde afuera lo habían percibido.
     Los curiosos se aglomeraban en la banqueta y en la calle; nunca los oficiales les impidieron entrar, fue el hedor que formaba una barrera invisible de repugnancia lo que los detuvo. La policía se introdujo a la recámara, no sin antes haber revisado el resto de la casa repleta de sábanas, paños y cobijas teñidas de sangre. En la habitación principal encontraron recostado sobre la cama al hombre, quien fuera víctima de las manchas inexplicables, visiblemente muerto, desangrado. El líquido, de cierto color carmesí, corría como un tímido riachuelo hasta la acera, hecho por el cual los vecinos llamaron alarmados a los oficiales.
      Entre la multitud de curiosos una anciana, vecina del desdichado hombre, se vanagloriaba diciendo a los demás:
    Yo le limpiaba la entrada todos los días, muy tempranito, apenas amanecía; siempre me encontraba la escalerilla de la puerta manchada de rojo, como si fuera sangre. Pero nunca creí que eso fuera. ¡Y bien que sí lo era! ¡Pobre muchacho, tan solitario él!
     Una extraña enfermedad, según dijo el médico, hizo que los poros de aquel infeliz sudaran sangre hasta matarlo. Otro extraño mal, aunque común en el ser humano, hizo que se hiciera pendejo, y se engañara al ver claramente que las manchas de sangre provenían de él mismo. ¡Ah, la naturaleza humana! 

¿Por qué me quitaste mi orgullo?
     Entre el sembradío caminaba una sombra poco más negra que aquella noche. Paso a paso estropeaba el maíz ya crecido con algo que arrastraba, algo pesado que dejaba aplastada la siembra. Podía escucharse el crujido de las plantas quebrándose, cediendo ante el peso del invasor y su carga furtiva. La luna, casi llena, iluminaba un tanto las figuras que se deslizaban con sigilo en el maizal, como un esbozo en movimiento. Al verse expuesta aquella sombría escena a la luz de la luna, fuera de la siembra, pudo verse claramente a un hombre  remolcando un cuerpo.
     “Es que tenía que matarte. No había de otra. Ahora que estás difuntito, pues, no te acuestas con mi Leticia. Ahora, acaso, te acuestas con los gusanos.”
     Y el hombre siguió jalando el cadáver. Había llegado a un arroyo, frente al cual se detuvo.
     “¡No, al arroyo no te tiro! Luego te comen los peces; luego yo me los como a ellos y te como a ti de alguna manera. ¡No! Eso no.”
     Se echó el cuerpo sin vida al hombro y cruzó el arroyo con el agua hasta el pecho. Ya del otro lado siguió arrastrando el cadáver por el camino pedregoso.
     “Si te sigo arrastrando, se me hace que llego con tu puro brazo; las piedras te van raspando como las lijas raspan y se comen la madera. Yo en serio creía que mi Leticia me quería a la buena. Allá cuando me casé con ella, ya tenía dos años que no estaba contigo; desde que cruzaste la frontera ella se olvidó de ti, o creyó olvidarte, o yo creí que te había olvidado. Nomás volviste para quitarme mi orgullo; para quitármela a ella. ¡Volviste para morirte!
     “¡Qué creíste! –continuó aquel hombre mientras arrastraba el cuerpo–, pensaste que podías volver así como así a quitarle a un hombre su mujer. ¡No importa que me condene; pero no me arrepiento de haberte roto!; eso sí, que no me metan a la cárcel porque yo no soy ningún animal para estar encerrado. Primero me ahogo en el arroyo, aunque extrañe a mi Leticia. Ya muerto tú, le perdono su engaño. Quién se burlaría de mí porque mi mujer tuvo sus relaciones con un viejo amor muerto, y tú ya estás bien muerto. De eso me encargué yo.”
     De nuevo arrastró a su víctima por otro plantío, pisoteando el cultivo que se atravesaba ante sus pies y el cadáver que jalaba trabajosamente.
     “Es mejor venirme entre los maizales; por aquí ni quién me vea. Ya hallaré dónde repose indignamente tu cuerpo. El asunto es que no te hallen, no sea la de malas que te levantes bien muerto y les digas que yo te maté. Y enterrado donde nadie te vea, pues, a nadie tendrás nada que decir.
     “Sí. Cuando nos casamos ella todavía te quería; ¡ni qué decir! Pero en estos dos años yo la he amado y respetado como para que cualquier mujer me llegara a querer. Pero volviste. Volviste y se le movió el piso. Y te le metiste, otra vez, por los ojos. Y la volviste a hacer tuya, a escondidas. Pero en los pueblos chicos todo se sabe. Yo los vi con mis propios ojos; ni quién me lo diga. Me engañaron a la mala. Y yo pensé, Rómulo: Si la dejo, me muero sin ella; si la mato, igual, me muero; si me mato yo, pues bien que la disfrutan sin estorbos; y pues decidí mejor matarte a ti. Bien sabía, Rómulo, que volviste a la casa que dejaste sola cuando te fuiste al otro lado. Ahí quedó abandonada a las afueras del pueblo. Siempre te dio por vivir solo, lejos. Parecía que le temías a la gente del pueblo. Y regresaste a la casita abandonada. Lejos del pueblo. Ahí, sabía que te podía agarrar. Y te podía matar sin testigos; y así lo hice. Ahora, con esta luna tan bonita de octubre, se me antojó ir a buscarte a tu casa. Y ahí estabas en la hamaca, dormido, soñando que estabas con mi Leticia. Y yo te interrumpí el sueño cuando te rompí la cabeza con una pala que te puse de cabeza.
     “Ahí estás, Rómulo. ¡Mírate, con medio cerebro de fuera y todo comido por tanto arrastrarte! Pero ya llegué adonde te voy a enterrar. Si no fuera por que si te miran ahí dando lástima, muerto, medio deforme, te dejaba en cualquier parte, pa´que te comieran los coyotes, o los perros por lo menos. ¡Pero los peces del arroyo no!, porque luego me los como y te como a ti, y yo no soy de esos que comen cristianos.”
     El hombre aquel, con la pala que traía amarrada a la espalda, escarbó un hoyo poco profundo, arrastró de nuevo el cadáver y lo arrojó dentro de la fosa.
     “¿Por qué me quitaste mi orgullo, Rómulo?”, le preguntó al cuerpo inerte. Entonces lleno de furia golpeó al difunto con la pala hasta hacerle desangrar aun más.
     “¡Contéstame! Cada golpe que te doy... se lo doy también a mi Leticia… ¡Contéstame, Leticia!, ¿por qué me quitaste mi orgullo?”
     Continuó ultrajando el cadáver; le preguntaba toda clase de cosas y lo llamaba tanto Rómulo como Leticia.
     “Pero, Rómulo, tú que eras mi hermano, ¿por qué me quitaste mi orgullo? Ya la habías dejado cuando te fuiste al otro lado. Acuérdate que nuestra madre nos decía que los hermanos se deben proteger, y más tú que eres...eras el mayor. ¡Acuérdate cómo me defendías cuando éramos chicos! Le dabas de porrazos a quien se metía conmigo. Ahora ya no tienes cara; yo te la borré a palazos. ¡Sí, Rómulo, la cara que besaba mi Leticia; la cara que acariciaba nuestra madre!; ésa, yo te la borré.”
     El hombre cubrió el cuerpo con tierra y piedras, luego lloró tendido sobre la fosa cubierta. Repetía entre sollozos y balbuceos: “¿por qué me quitaste mi orgullo, hermano?”
     Casi amaneciendo se veía con mucha claridad cómo el hombre caminaba entre el maizal. Ya de mañana llegó a su casa. Ahí le esperaba Leticia, su mujer. Al verlo sucio y manchado de sangre asustada le preguntó:
     –¿Qué tienes, José Luís, qué te pasó?
     –Nada, mujer –contestó él, parcamente.
     –¡Cómo que nada!; estás sucio y eso que traes en la ropa parece sangre seca.
     –Nada, sólo fui a recuperar mi orgullo.
     –¿De qué hablas, José Luís? Dime, con un carajo, ¿qué pasó? –inquirió Leticia, al borde del llanto.
     –Nada, sólo que ya no hay Rómulo pa'que te acuestes con él y me quiten mi orgullo, lo poco que me queda.
     –¿Qué dices? No entiendo –repuso Leticia.
     –¡Que me jodí a mi hermano!, como me jodió él a mí… ¡y de pasada te jodió a ti y a mi orgullo!
     –¿Qué hiciste? –gritó la mujer.
     –Le borré los labios que te besaban; le rompí el cerebro que te pensaba; los ojos que te miraban, que veían lo que era mío; ya está bien muerto. Ya me encargué de recuperar un poco de mi orgullo pisoteado.
     –¡Desgraciado! –gritó Leticia arrojándose sobre él para golpearlo. José Luís la abofeteó y le gritaba encolerizado: "¡Por qué me robaron mi orgullo!"
     José Luís había dejado la pala en el piso, y Leticia, al verla, la tomó desesperadamente y con todas sus fuerzas le dio con ella en el rostro a su marido. Éste cayó al suelo casi inconsciente. La furiosa mujer se puso de pie y lo golpeó con la herramienta una y otra vez; con el rostro envenenado de rabia le gritaba: "¡Ahorita te devuelvo tu orgullo, cabrón! Mataste al único que he querido; ahora te mato yo a ti… ¡y era tu hermano!... ¡Asesino!"
     –¡Ahí está tu orgullo, José Luís! Apenas la muerte te lo devolvía. Porque con el niño que llevo en mi vientre, de tu hermano, lo perdías por completo.

     Algunas horas más tarde, cuando ya era de noche, una silueta se deslizaba por el maizal, en el mismo sembradío por donde José Luís arrastró el cadáver de su hermano Rómulo, la noche anterior. Era Leticia. Arrastraba el cuerpo sin vida de su esposo. Cuando llegó a la orilla del arroyo dijo: “Yo, ya no puedo contigo. Mucho hice aguantándote dos años, ahora no te cargo más. No podría cruzar el riachuelo cargándote, mejor te tiro al agua y que te coman los peces… o te pudres hasta que te hallen; al cabo que si te comen los peces; bien sabes que no como pescado.” Empujó con sus pies el cuerpo de José Luís al arroyo. Miró en silencio cómo la corriente se llevaba el cadáver del que fuera su marido, como un trozo de madera muerta, semejante a cualquier otro desecho que ondulaba en las aguas de aquel regato.
     Cuatro días después, hallaron el cadáver de José Luís, hinchado, hediendo y mordisqueado por los peces. Meses más tarde se descubrió el cuerpo sin vida de Rómulo; pudieron identificar sus zapatos y el viejo reloj de pulsera que aún se aferraba a su pútrida muñeca izquierda, además de un par de fotos: una de su hermano José Luís y otra de Leticia, su cuñada.
     Se dijo que la muerte de los dos hermanos se debió a una venganza familiar, a una rencilla añeja, pagada al fin con la sangre de los dos deudos, que por eso los habían matado con tanto encono. Leticia se consiguió un padre para el hijo de Rómulo, niño que todo el pueblo creía de su difunto esposo José Luís. Aunque, como de costumbre, hubo quienes no se tragaron el cuento.


Luces en la ciudad

La luz clara llegaba desde el pueblo, allá en el valle de la vida., y en las tierras de la muerte nadie percibía su hermoso resplandor.    
A.S.M

     Esta mañana busqué entre los arbustos una razón por la cual existir, pero de nuevo encontré sólo una sucia y enmohecida lápida, con las letras desgastadas por el efecto del tiempo. En ella estaba grabado mi olvidado nombre. Ahí reposaba mi cuerpo, o lo que de él  quedaba; el despojo de lo que fui. ¡Ya no hay razón por la cual existir!, sin embargo, de alguna manera inverosímil, existo. ¿Por qué sigo deambulando por este campo abundante de soledad, ornado de recuerdos muertos, y carente, de alguna manera, de tiempo y vida?
     Poco después de mi llegada a este lugar, solían venir aquellos que, supongo, alguna vez me amaron. Por más que hubiera querido agradecer su visita me era imposible hacerlo. ¡Siempre odié la descortesía, pero qué podía hacer! Sólo podía mirarlos y envidiar el gusto de un buen cigarrillo que se fumara, bocanada a bocanada, mi hermano o alguno de los visitantes.
     ¡Esos roedorcillos ya han dejado de merodear por mi tumba! Era molesto soportarlos dentro del lecho, royendo con sus dientecillos la osamenta que me recordaba que alguna vez viví en la ciudad, como cualquier otro hombre o mujer. ¡Si hubiera podido, los hubiera aniquilado en el acto! Papá lloró durante una de sus visitas, cuando uno de esos animales salió de su madriguera, hecha justo en mi espacio sepulcral. Recuerdo que el viejo correteó al animalejo, lo maldecía enloquecido, y trató de matarlo a puntapiés. Se detuvo el pobre, jadeante, exhausto, y le dijo sollozando a mi hermano: “No es posible que esas ratas de campo se merienden a mi pequeño.” Y Siguió llorando desconsolado, brotando del fondo de su pecho un ruidito de dolor, un sollozo de desesperanza.
     Ahora nadie viene a mi lecho eterno; a veces pienso que ya se olvidaron de mí; pero otras ocasiones creo que ha pasado tanto tiempo desde que los abandoné, que ya murieron también. Esto último, sin embargo, lo dudo, porque de haber muerto, sus cuerpos estuvieran sepultados a mi lado; sus gavetas aún los esperan. ¡Hay algo aun más extraño! Antes, no sabría qué tanto tiempo atrás, este lugar era visitado constantemente por quienes abandonaron a un ser amado aquí; venían periódicamente a ver a sus padres, hermanos, hijos, esposos, madres o amigos. Y ahora nadie viene. Ni los animales del campo que solían venir a mordisquear a los nuevos inquilinos de estas taciturnas tierras. No he mirado, desde hace mucho tiempo, aves, roedores (¡miserables animales!), ni insectos. En realidad solamente he observado escarabajos y más escarabajos, aunque de cierta forma, distintos a los que usualmente veía en los remotos y hermosos años de mi existencia física.
     Otra cosa que me inquieta sobremanera, es que las luces de la ciudad, las cuales se prendían cada noche como un enjambre de alegres luciérnagas, allá en la lejanía del valle, y que se hacían visibles gracias a la altura del cementerio, parecen no haber sido encendidas desde hace mucho tiempo. Si mal no recuerdo, la última vez que me percaté de su luminosidad fue algunos días después de la postrera visita de mi papá y mi hermano. Tal parece que todos hubieran muerto. ¡Pero si hubieran muerto estarían sepultados por cada rincón de este tranquilo refugio mortuorio!: a mi lado, detrás, enfrente; las tumbas estarían dispersas por doquier, como si el cementerio se hubiera transformado súbitamente en una silenciosa e inofensiva ciudad.
     Quizá aquella luz que iluminó el cielo nocturno, de tal forma que la noche adoptó las características del día (alumbrado, cálido, claro), fue una señal divina; o tal vez mi esencia amorfa, completamente indefinida, está perdida en un mundo alterno, paralelo al cual alguna vez pertenecí… ¡Sí, tal vez!
     Desde que miré aquel gigantesco demonio de fuego devorando a un hongo de humo, sentí una sensación, en alguna parte de mi descarnada existencia, que me hizo pensar que las cosas no andaban bien en la ciudad.

      Mañana será otro día. Espero, entonces, que esta bruma que obscurece todo alrededor, desde que el astro diurno invadió la noche, desaparezca y termine el castigo que recibió el sol por penetrar en el reino de la luna. Quizá entonces sepa, con certeza, qué hago en la soledad de mi vida muerta. Y quizá comprenda por qué ya no hay luces allá abajo, en la ciudad.

2 comentarios:

  1. wooow, me gusta, me gusta

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  2. Gracias, por leer el blog y espero sigas visitándonos, además que nos hagas el favor de compartir el link.

    Saludos

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